jueves, 11 de octubre de 2012

En Misa de ayer...


Litesofía –entre literatura y filosofía-, 20 agosto 12, San Bernardo, lunes.
Fragmento
…

En Misa ayer, con los frailes del convento, pensaba yo, no sé por qué,
que no siempre sabemos dar lo que nos pide la sabia naturaleza.
-¿Y qué es lo que pensabas?
-Si era mejor en la enseñanza el premio o el castigo.
-¿Y…?
-El maestro, la maestra, se las ve con niños y niñas por educar. Igual
que el médico cura al enfermo y un abogado aplica leyes para hacer
justicia, su papel no es emplear la fuerza para mantener a los niños
quietos, ni tampoco dar estampas a los que estén callados.
-¿Entonces?
-Su labor es educar con inteligencia.
-Explícame eso.
-El maestro nunca debe ponerse nervioso ante el desorden. Debe sonreír
desde un plano superior y ver cómo actuar para que el desorden se
convierta en trabajo.
-¿Cómo?
-Con tacto, quitando y poniendo. Los niños son arcilla y el maestro
debe sacar de ella un hombre, una mujer, a fuerza de retoques. Cuando
empieza el Curso, el local se llena de materia bruta, de niños que no
saben las buenas cualidades que encierran; necesitan que los hagan,
que les den forma dirigiéndolos en suma, para que se vayan haciendo
hombres y mujeres que tienen que incorporarse en la sociedad.
-¡Qué función tan exquisita y delicada la del maestro!
-Y tan noble. El maestro cuando se hace cargo de unos niños, debe
saber a dónde quiere llegar con ellos; debe saber lo que tiene delante
y lo que debe entregar luego, creando virtudes y quitando vicios que
tienen. Lo ideal será no quedarse corto, ni empecinarse en que dé lo
que no puede dar.
-¿Y no sería mejor que la educación corriera a cargo de la familia y
los conocimientos de la escuela?
-Muchos padres no están preparados para educar a sus hijos y delegan
en un profesional. Lo mejor es un contacto permanente de familia y
escuela para actuar de acuerdo. Jamás mirarse como enemigos ante el
niño que quieren educar.

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