Litesofía –entre literatura y filosofía-, 20 agosto 12, San Bernardo, lunes. Fragmento … En Misa ayer, con los frailes del convento, pensaba yo, no sé por qué, que no siempre sabemos dar lo que nos pide la sabia naturaleza. -¿Y qué es lo que pensabas? -Si era mejor en la enseñanza el premio o el castigo. -¿Y…? -El maestro, la maestra, se las ve con niños y niñas por educar. Igual que el médico cura al enfermo y un abogado aplica leyes para hacer justicia, su papel no es emplear la fuerza para mantener a los niños quietos, ni tampoco dar estampas a los que estén callados. -¿Entonces? -Su labor es educar con inteligencia. -Explícame eso. -El maestro nunca debe ponerse nervioso ante el desorden. Debe sonreír desde un plano superior y ver cómo actuar para que el desorden se convierta en trabajo. -¿Cómo? -Con tacto, quitando y poniendo. Los niños son arcilla y el maestro debe sacar de ella un hombre, una mujer, a fuerza de retoques. Cuando empieza el Curso, el local se llena de materia bruta, de niños que no saben las buenas cualidades que encierran; necesitan que los hagan, que les den forma dirigiéndolos en suma, para que se vayan haciendo hombres y mujeres que tienen que incorporarse en la sociedad. -¡Qué función tan exquisita y delicada la del maestro! -Y tan noble. El maestro cuando se hace cargo de unos niños, debe saber a dónde quiere llegar con ellos; debe saber lo que tiene delante y lo que debe entregar luego, creando virtudes y quitando vicios que tienen. Lo ideal será no quedarse corto, ni empecinarse en que dé lo que no puede dar. -¿Y no sería mejor que la educación corriera a cargo de la familia y los conocimientos de la escuela? -Muchos padres no están preparados para educar a sus hijos y delegan en un profesional. Lo mejor es un contacto permanente de familia y escuela para actuar de acuerdo. Jamás mirarse como enemigos ante el niño que quieren educar.
jueves, 11 de octubre de 2012
En Misa de ayer...
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