Litesofia –entre literatura y filosofía-, 12 febrero 2014, miércoles
Murcia, las seis y media. Ayer hizo un año que Benedicto XVI renunció al Pontificado. Luego se reunieron los Cardenales y fue nombrado el Papa Francisco.
-¡Qué pronto ha pasado un año!
-Todo pasa deprisa, Eulogio.
-¿Renunciaría consciente de que abría libro nuevo en la historia de la Iglesia? Su predecesor Juan Pablo II tenía más motivos de abandono, y se mantuvo fiel hasta la muerte.
-Para mí que el Papa Benedicto tuvo en cuenta la enfermedad del Papa polaco, y habló con el Señor para retirarse: “Señor, permíteme dejarte en otras manos que puedan más que las mías”. Y volvió a insistir: “¿Quieres que acabe yo como Juan Pablo, que en paz descanse?”. Hasta que un día, justo hace un año, Dios le dijo: “Es tu hora, Benedicto, deja que siga otro en tu lugar”. Y Benedicto XVI, liberado de su ardua labor, se refugió en un convento.
-¿No sería una lección para que alguien, por su edad o circunstancias, dejaran a otro que les sucediera, Eulogio? Era un sabio Benedicto XVI. Igual pensó que podía servir de ejemplo a ciertos reyes que se pegan a la poltrona. Ahí tienes a su Majestad la Reina de Inglaterra:
“Abuela, ¿ no crees que debías descansar los años que Dios te dé para vivir y no seguir a tus noventa años gobernando?
-¡Calla, insolente!, ¿no ves que la nación me necesita y me aclama como siempre lo ha hecho?
-Acuérdate de los demás, abuela, que tú ya has gozado bastante de las mieles de la corona.
Pero no hay manera, ella no oye o no quiere oír, y sigue paseando en carroza de plata por las calles de Londres como otra Cenicienta rescatada por un príncipe azul.
-No es ella solo, que en España ocurre lo mismo: ni porrazos, ni operaciones separan de la Zarzuela al Rey Borbón.
-Padre, ¿por qué no te jubilas?
-Soy joven todavía, hijo.
-Estarías mejor atendido en casa, jugando con tus nietos y tus nietas, que viajando a Portugal sin poder. En cambio Letizia y yo…
-Parece que queréis eliminarme como si estorbara. Ya tendréis tiempo.
Decía que Benedicto XVI fue un iluminado y quiso dar una lección que nadie parecía ver: que hay que dejar el testigo cuando ya no se rinde como otro, con más sabiduría o más fuerza, pueda hacerlo mejor.
Francisco Tomás Ortuño, Murcia