lunes, 20 de mayo de 2013

Gatos.


    Litesofía –entre literatura y filosofía-, 20 Mayo 2.013
            GATOS
            Si no lo hubiera visto no me lo habría creído, pero como lo observé en todos sus pormenores, no tengo más remedio que aceptar los hechos. Podría pasar por una historia de ficción, y hasta titularse: "Los gatos que se resistían a morir". El hecho ocurrió como sigue:
 La gata, a punto de parir, maullaba por el patio. Su panza parecía un balón;  la metimos en el coche y la llevamos con nosotros al chalé.
            Cerca del mediodía, oímos los inconfundibles maullidos de gatos recién nacidos. "¿Dónde están?", nos preguntamos. En seguida dimos con la madriguera. La gata había buscado un lugar seguro para dar a luz a sus cachorros: la gatera. No la podíamos ver ni menos tocar, mas los gemidos gatunos llegaban fuera con asombrosa nitidez.
            La siesta fue de órdago. Miguel y yo por nuestra cuenta, cuando los demás dormían, nos propusimos alcanzar los gatos. Con un escoplo y un martillo quisimos quitar la trampilla que daba a la gatera. ¿Es que podíamos? Ruidos y golpes de sepulturero en una tumba. "¿Echamos un cubo de agua desde arriba". Ni por esas. Los pobres animales sufrían resignados las avenidas, pero resistían el asedio con ejemplar heroísmo. "Otro cubo y nada". Seguimos con la piqueta. Por fin la losa se movió. "Ya son nuestros", dijimos triunfantes y sudorosos.
            Los gatitos, pegados a su madre, parecían frutos colgados de un árbol. Cuatro cachorros como lombrices chupaban del vientre de su madre. Con cuidado los colocamos en un cajón.
            La tragedia se cocía en nuestras mentes. Subimos un cubo con agua, al que arrojamos dos gatitos indefensos arrancados de su madre. Luego, lejos, fuera de la valla, hicimos un hoyo donde enterrarlos. A la vuelta de tan lúgubre faena, triste por dentro por más que quería disimular, exclamé suspirando: "Todo ha terminado".
            Al día siguiente, temprano, cuando desayunábamos, escuchamos unos maullidos lastimeros y nos miramos sorprendidos. Subimos al leñero. En el cajón permanecía la gata con sus dos cachorrillos pegados a sus castigadas ubrecillas. No era de allí de donde procedían los quejidos. Venían de más arriba, de fuera de la valla, justo de donde se habían enterrado a los otros la tarde anterior. Corrimos allí. Entre tierra y piedras gateaban dos minúsculos animales desenterrados. Sus maullidos llegaban al alma. Se resistían a morir, se aferraban a la vida con uñas y dientes. Casi con miedo, los cogimos del cuello como hacen las gatas con sus hijos, y los colocamos junto a sus hermanos. La gata los lamió y los limpió mientras que se ofrecía para darles el alimento.
            No podíamos creer lo que veíamos. ¿Qué había ocurrido? La tierra seguía aplastada como quedara el día anterior. No había señales. Yo dije fuerte para que me oyeran todos: La vida es un don que no procede de nosotros, y debemos respetarla.  
Francisco Tomás Ortuño, Murcia