Litesofía –entre literatura y filosofía-, 1 Febrero 2.013, Viernes
Fragmento
PERROS
Un domingo subimos la familia al convento. Encontramos un gato pequeño, huidizo, asustado; un gato muy especial: sólo tenía tres patas el pobre. Daba pena verlo dar saltos ridículos al no poder apoyar sus cuatro extremidades. No sabíamos cómo perdió su pata trasera; tuvo que ser por un coche. Le pusimos de nombre Gris, por el color de su pelo.
Mis hijos le colocaron una pata de palo sujeta con esparadrapo, pero el animal no se encontraba bien: sólo quería desprendérsela. “A lo mejor se acostumbra y le sirve de muleta”, decían mis hijos. La intención era buena.
Linda, la perra que teníamos, terminó por no hacerle caso; pero al principio todo era ladrarle. Sobre todo cuando lo acariciábamos delante de ella. Lo que nos decía que hasta los perros sienten celos. Porque estaba claro que lo de Linda eran celos.
Linda era inteligente. Le faltaba hablar para expresar lo que quería. Si íbamos al pueblo, conocía el pito del coche; si era la hora de dormir, bajaba sin rechistar a la cochera; si le mandábamos callar, se callaba. Por la mañana nos daba los buenos días con saltos y aullidos de júbilo; si nos íbamos sin ella, se quedaba quieta, inmóvil, orejas tiesas, mirando el camino, hasta que volviéramos. Le faltaba solo hablar, como digo.