Litesofía –entre literatura y filosofía-, 9 Enero 2.014
-Murcia, las ocho, día azul pero frío, como asustado.
-¿Has dicho asustado?
-Sí, como estará el Rey en la Zarzuela, que el pobre no levanta cabeza.
-Cuenta, cuenta, que los chismes no alimentan pero divierten.
-Pues que un Juez ha imputado a la infanta doña Cristina.
-¿Cómo se ha atrevido?
-Es que el Rey en un discurso dijo que los españoles deben ser iguales ante la Ley.
-Y bien que me parece, que, como padre, no debe castigar a unos hijos y perdonar a otros por la misma falta. ¿Y qué delito le atribuye el imputador?
-A la infeliz Infanta la ha perdido la avaricia, que, como sabes, es un pecado capital como la soberbia o la envidia. El demonio es malo y astuto: sabe dar donde más duele para ganar la batalla.
-No acabo de entender lo que dices.
-Escucha: la Infanta un día se casó con un tal Urdangarín, apuesto mozo que jugaba al balonmano. Tuvieron hijos y eran felices. Pero hete aquí que el demonio, como hizo con Eva en el Paraíso cuando le dijo: “¿Quieres ser más que Dios? ¡Come del fruto de ese árbol!”, se le apareció a Urdangarín y le dijo: “¿Te conformarás con lo que tienes siendo tu suegro el Rey?”.
Y le enseñó cómo hacerlo: “Irás a grandes empresarios y dirás: “Deme dinero y no lo diga a nadie, que el Rey le compensará”. Y él le dijo a su mujer: “Seremos ricos, Cristina, muy ricos; tendremos palacios y mansiones de lujo; viajaremos en yates propios por todos los mares del planeta”. La mujer, como Adán en el Paraíso, deslumbrada ante tamaña promesa, miró a sus hijos y cayó en la trampa.
Mas, ay, cuando más descuidados estaban, alguien que no era de la familia, se fijó en el tren de vida que llevaba la familia Urdangarín y la hija del monarca, y pensó: “¿De dónde sacan el dinero para mantener tantas casas y hacer tantos viajes?”. Y descubrió que su fortuna era ilegal; que engañaba a incautos poniendo a su suegro de tapadera.
Cuando tuvo pruebas suficientes, lo denunció. Y el caso se divulgó por todos los medios nacionales e internacionales. Nadie pasaba a creerlo, pero las pruebas eran tan evidentes, tan contundentes, que Urdangarín fue inculpado por robo continuado manifiesto.
-¿Y la infanta Cristina?
-Los amigos de la Casa Real intentaron separarla del follón que se había montado, pero el Juez dijo como Quevedo: “¿No ha de haber un espíritu valiente? ¿Siempre se ha de sentir lo que se dice? ¿Nunca se ha de decir lo que se siente?”. Y comprobando que tan culpables fueron Eva como Adán en el Paraíso; que tanto montaba Isabel como Fernando en Castilla; que donde uno firmaba, firmaba el otro aquí, y donde uno iba de viaje, iban los dos, sin dudarlo llamó a la Infanta a declarar.
¿Qué de sustos, sobresaltos y miedos en la familia! “¿Qué ha pasado aquí?”. “¿Cómo se imputa a la Infanta?”. Y, mientras tanto, el Demonio danzaba feliz.
Francisco Tomás Ortuño, Murcia