lunes, 29 de abril de 2013

Matrimonio.


Litesofía –entre literatura y filosofía-, 29 Abril 2.013, lunes
Fragmento
Ayer De Prada, en Lágrimas en la lluvia, nos largó una peli de amor. Mejor, de tres amores: en la pubertad, en la juventud y en la vejez. Los comentaristas luego hablaron de aspectos de este universal sentimiento. “¿Por qué se rompen hoy tantos matrimonios?”, se preguntaban los cuatro intervinientes, tres caballeros y una dama.
No les oí decir que el matrimonio es algo tan serio que no debía incluirse en el campo sentimental. Ni que la Iglesia tiene la fórmula verdadera para esta unión de dos personas de distinto sexo, que no es otra que procrear y educar a los hijos que tengan.
Los componentes de la pareja deben entrar al matrimonio con el compromiso de no separarse nunca y de educar lo mejor posible a sus hijos. Lo demás son juegos y caprichos que nada tienen que ver con el matrimonio. El niño juega a la pelota; el mozo escala la montaña; el joven flirtea con las chicas, y el adulto se une para siempre con una mujer.
Y dicha unión tan importante debe ir precedida de Escuela que enseñe lo relacionado con el nuevo estado.
-¿Y si no se aprendiera a pesar de los medios y las buenas intenciones? 
-Cuando se funden cobre y estaño ya no queda cobre ni estaño en la fusión, Bernardo, sino otro cuerpo distinto que se llama bronce. Claro que le puede ir mejor o peor, dependiendo de muchos factores: económicos, sociales, familiares, políticos, etc., pero eso le ocurre a todo ser viviente: un pez es capturado y corre distinta suerte que otro que sigue en el mar; un jarrón se rompe en pedazos si le damos impensadamente con el brazo y cae al suelo; una torre se destruye si una mañana tiembla la tierra… Y al bronce puede irle bien o mal, pero nunca al cobre del que procede, ni al estaño, que ya no existen. Desde que toman la enorme y santa decisión de unirse, la pareja deviene en ese bronce, distinto a lo anterior, que emprende la aventura de crear vida.
-No había oído hablar de este aspecto del matrimonio.
-Pues está ahí, como solución a tantos matrimonios rotos. ¡Cuánto fracaso matrimonial por no conocer, ni menos aplicar, las reglas del juego. ¿Tú crees que pueden jugar al fútbol veintidós jugadores que no hayan oído hablar de fútbol? “Ahí va un balón, dos porterías y once futbolistas en cada campo. A correr y a dar patadas”. Hasta que a uno se le ocurre pensar: “¿Y qué debemos hacer?, ¿cómo se gana en el juego?”.
Pocas cosas hay más serias que el matrimonio, ni más importantes. De él dependen la continuidad humana y la felicidad de la especie. Por eso nada mejor que instruir a las parejas que se comprometen a llevar a cabo tal hazaña. Poner veedores, inspectores sociales, consejeros, controladores o supervisores, que al más pequeño desliz, o a la más mínima petición de ayuda, tuvieran el apoyo necesario.
-Y los matrimonios de parejas del mismo sexo?
-La sociedad no debía jugar con algo tan serio, Bernardo.
-Pero si quieren…
-No deben permitirlo. Pueden ir juntos de paseo, ir al cine si les apetece, hasta vivir juntos en un juego amable y divertido. Pero eso es otra cosa. Cocinar no es trabajar en una fábrica o cultivar flores. Son actividades distintas. Y eso lo comprender hasta los niños de la escuela.
Cuando juegas al dominó, sabes que no estás en Clase de Griego. Cada cosa es ella y no otra. Cuando lo pasan bien dos hombres que sintonizan juntos, o dos féminas, deben saber que una cosa es repicar y otra distinta ir en la procesión. Nada que ver una cosa con la otra, Bernardo.
Francisco Tomás Ortuño, Murcia