Nombres
-Estoy leyendo “Vida y Misterio de Jesús de Nazaret”, de Martín Descalzo. Este libro – tres tomos-, me lo regaló don Francisco Sarabia. En cierta ocasión fuimos a Albudeite, su pueblo, y visitamos la iglesia. Había allí una imagen del Cristo en la Cruz que me impresionó. Debe de seguir allí como estaba entonces. Lo curioso de este Cristo es que va andando. Yo no había visto nunca otro igual. Luego, en Murcia, le hice una poesía y se la di a mi amigo Sarabia. Debió de entregársela a la Hermandad de la Virgen de los Remedios, de Albudeite. Y dicha Hermandad, por lo visto, se creyó en el deber de obsequiarme.
Yo leí esta obra cuando me la entregó don Francisco, y quizás la leyera otras veces; es una joya de libro por el trabajo de consulta que supondría al autor, don José Luis. Y por lo que enseña de los tiempos de Jesús. He leído esta tarde que el nombre era para los hebreos sumamente importante, y que era el padre de la criatura el que lo imponía. Había nombres que se correspondían con patriarcas y profetas –Jacob, Daniel, etc.-; con héroes nacionales, o tomados de la misma naturaleza –Raquel, que significaba oveja; Débora, abeja; Yona, paloma… y así.
Recordé a mi sobrina que me dijo que el nombre va tan pegado a la persona que no puede ser otro. Algo así como que forma parte de la misma. La Virgen cuando cogió a su Hijo por primera vez lo llamó Jesús. Recordó sin duda las palabras del ángel: “Concebirás un hijo al que llamarás Jesús”.
¿Nacemos todos con un nombre o, por el contrario, el nombre es independiente de la persona? Con el uso tal vez va formando parte, se va adhiriendo, como un guante a la mano, y luego parece que otro no puede suplantarlo. Tendré que hablar de nuevo con Lina a ver qué razones tiene para su teoría. Lo cierto es que a mí me costaría lo suyo llamar a Pascual por Francis o a Ángel por Miguel. Son ya sus nombres como parte de ellos mismos.
Si las cosas no tuvieran nombre, y a la mesa la llamáramos cama, y a un gato, perro, imagínate el embrollo. “Detrás de la silla”, y no sabríamos dónde mirar. En cambio es fácil encontrar lo que se busca si sabes que se encuentra en la ventana porque no se te ocurre mirar en el lavabo.
Con el tiempo nos acostumbramos a que la mano es la mano y el pie es el pie, que el ojo es el ojo y la oreja es la oreja. Es la función del lenguaje: expresar lo que pensamos para que otro lo sepa. Este lenguaje a los tres años ya está formado y, sin esfuerzo, el niño lo utiliza con los demás. Y esto de tal manera que sin saber escribir hay personas mayores que lo hablan perfectamente.
Es una maravilla si lo piensas comprobar que nos comunicamos con las palabras interviniendo tantos elementos en la misma, como la lengua, los labios, los dientes, el paladar, y que para cada fonema tienen que cambiar de forma y de lugar. Y, sin embargo, lo conseguimos desde pequeños. ¿No ves ahí un milagro? El lenguaje si te fijas es uno de los grandes portentos de la naturaleza. Ningún animal posee ese medio de expresión. Se entienden entre ellos pero no hablan. Sólo el hombre es capaz de decir: “Deja ese libro encima de la mesa”. ¿Tú crees que otro ser que no sea el hombre es capaz de semejante perfección?
Cambiar el nombre de las cosas nos llevaría a la mayor revolución que pudiera darse. Sí, ya sé que existen otros idiomas: inglés, francés, zulú, pero en ellos, en cada uno de ellos, existe el mismo problema. Estoy deseando hablar con mi sobrina a ver cómo explica lo de los nombres que llevamos puestos.
Francisco Tomás Ortuño, Murcia