26 mayo 14
Murcia, las nueve, en el comedor.
En el buzón, ayer, había una carta de Chile. Era de nuestra prima Emilia, monja de clausura en un convento de la América latina.
Empieza así su carta: “Copiapó, 30 de abril 2014. Mis queridísimos primos, Paco y Pascuala, ¡aleluya, el Señor ha resucitado, aleluya!”. Lo primero que me llama la atención es la fecha: 30 de abril y estamos a 26 de mayo.
¡Cómo han cambiado las comunicaciones! ¿Quién escribe cartas hoy, cuando está el teléfono móvil, que habla con la persona como si estuviera a tu lado? ¡Qué revolución!
Francis me dijo, recibida que hubo mi Litesofía por Internet: “¿De verdad que acertaste el resultado del partido? Nosotros probamos con unas “porras”, pero ninguno dio en la diana: Pascual 2-1; Miguel 1-2; Ángel 2-0, y yo 2 a 2”.
Y es que con el “guasap” o como venga en llamarse, hablan entre ellos como si estuvieran en una habitación alrededor de una mesa. Igual da que uno esté en Australia, otro en Panamá, otro aquí y en Japón el otro. Dentro del Planeta, todo es uno y lo mismo.
Lo comentaba con mi mujer: “No tiene sentido hoy mantener un teléfono fijo en Santana. Si te llaman cuando tú no estás, llamada perdida; y si estás puedes atender la llamada con el teléfono móvil.
Poco futuro tiene el teléfono fijo. Cada persona llevará su móvil en el bolsillo como lleva el reloj de pulsera para ver la hora. Y las cartas postales tres cuartos de lo mismo: ¿quién va a escribir una carta sabiendo que la van a leer al mes siguiente?
En su carta dice también: “Hace una semana tuvimos la alegría de la canonización de dos grandes Papas, tan queridos de todos por tanto bien que han aportado a la Iglesia y al mundo entero. Pudimos ver el acto por la televisión”.
Querida prima, no tiene sentido hoy escribir una carta como hace años, existiendo los móviles y el internet. Es tanto como ir a Roma a la canonización, o a Portugal a ver un partido de fútbol, teniendo a mano el televisor.
La vida avanza y tenemos que seguir a su ritmo si no queremos quedarnos atrás. Sé que es difícil, prima, seguir la marcha de la vida actual, cuando cada día aparece algo nuevo; pero las cartas, prima, debemos asumirlo como una obligación.
Francisco Tomás Ortuño
Doctor por la Universidad de Murcia