Litesofía –entre literatura y filosofía-, 7 diciembre 2.013
¡Hay que hablar!
-En la Obra ocupan bien el tiempo; han visto que hay muchos minutos en un día.
-Mil cuatrocientos cuarenta, ni uno más ni uno menos.
-¡Menudo arsenal! Repartiéndolos bien, sacan para leer, para rezar, para trabajar, para dormir, para todo. A otros se les escapa por entre las manos.
-Más de mil cada día y les falta tiempo… ¡Son listos estos “obreros”.
-Es bueno que las cosas se digan, Jenaro. Hasta Jesús dijo a sus discípulos: “Id a predicar por todo el mundo”, que era como decir: “Id por los pueblos diciendo lo que habéis visto: Anda por encima de las aguas, cura a los enfermos, multiplica los panes y los peces, resucita a los muertos…”. ¿Tú crees que si los que vieron estas cosas se hubieran callado, nosotros las sabríamos? Hay que hablar. Si San Josemaría hizo el milagro de multiplicar el tiempo para que un día diera para tanto, hay que decirlo. “No tengo tiempo”, se oye. ¡Sí lo tienen, Jenaro! ¡Que hagan lo que hizo el Fundador!
-¿Qué hizo el Fundador?
-Un horario; simplemente un horario. O mejor, un minutario: “Me levanto a las siete; de siete a siete y cuarto, desayuno; de siete y cuarto a siete y media, lectura; de siete y media a ocho…”. Verías cuántas cosas te salen.
-Voy a probar desde mañana.
-Prueba y verás, que resulta hasta divertido. Muy cómodo decir: “No tengo tiempo”, cuando lo tienes de sobra. Hay que gritar por el mundo la doctrina para que se conozca. ¿Tú crees que si los amigos del Maestro no dicen lo que vieron hubiera llegado a nosotros el milagro de la resurrección de Lázaro, o la suya propia, que fue la madre de nuestra fe?
-¿La madre de nuestra fe?
-Sí, Jenaro, que el Señor quiso dejar para el final el milagro de los milagros: su Resurrección y Ascensión a los Cielos, lo que no dejaba duda de su paso por la Tierra y al mismo tiempo de que era Hijo de Dios. Si luego los que le acompañaban se hubieran callado, ¿quién lo hubiera sabido? Hay que hablar, hay que pregonar lo que queremos que se sepa. Si San Josemaría dijo que el hombre podía ser santo donde trabajara, que había tiempo para rezar cuando otros no lo encontraban, y dijo cómo hacerlo, habrá que decirlo.
-¿Y quién fue San Josemaría?
-Un sacerdote como fueron los apóstoles. Este sacerdote dejó su pensamiento escrito en libros por si luego alguien decía que nunca había dicho tal cosa. Ató bien los cabos. Con todo, nos dejó la misión de comunicar su pensamiento a los que vinieran después, de llevar su evangelio a todas partes. Así, pues, hay que hablar, Jenaro, hay que contar la verdad.
Francisco Tomás Ortuño, Murcia