lunes, 8 de octubre de 2012

Hablar tranquilo.


Litesofía, 30 sept. 12 Hablar tranquilo, sereno, ante un público, es una cualidad admirable. A un paisano mío lo nombraron Presidente del Casino. En el acto de posesión, se dirigió a los presentes y a las pocas palabras se cortó. La gente lo miraba preocupada por su largo silencio. Lo que hizo a continuación fue quizás lo más prudente, pero rayano en el ridículo: sacó un papel del bolsillo y comenzó a leer, repitiendo las palabras que llevaba dichas. En la escuela, el niño debe hablar delante de los compañeros y participar en coloquios dirigidos por el profesor. Hay que enseñar a hablar, a dirigirse al público sin miedo. Cuántas veces el temor al ridículo inhibe y deja sin decir lo que debiera. En reuniones, algunos no abren la boca –la mayoría silenciosa-, y no porque no tengan algo que decir, sino por miedo. Un miedo cerval que les impide moverse y abrir la boca. Hay que enseñar desde niños a hablar ante los demás. En el libro “¿Cómo ganar amigos?” de Dale Carnegie, se cuenta que un médico fue con el equipo de fútbol a un homenaje. Le pidieron hablar y no pudo. El miedo se lo impidió. Luego pensó en lo sucedido y estudió la forma de vencer su timidez, llegando a destacar como orador. Hay que hablar delante del público para perder el miedo. El niño en la escuela debe aprender a dialogar y a exponer una idea con orden y con firmeza. Quien sabe discutir, aun sin tener razón, gana en la polémica.

El tiempo, implacable.


Litesofía –entre literatura y…-, 1 octubre 12 De la jubilación Fragmento El tiempo, implacable, pasa como los granos de arena de un reloj. Distraídos, no reparamos en la tragedia, pero cuando llega, cuando nos dicen que es la hora, un sobresalto nos conmueve. ¿A quién no le asusta la jubilación? Y es que mientras que se trabaja no nos acordamos, creemos que no va a llegar, que eso de la jubilación no va con nosotros. Queremos engañarnos para que no nos advierta. Pero todo es inútil: cuando termina de caer ese pequeñísimo grano que marca el final, un campanazo a nuestro lado nos dice sin piedad: “¡La hora, hay que partir!”.

La mujer tiene dos fechas singulares.


Litesofía, 4 octubre 12 La mujer tiene dos fechas singulares: cuando es mujer y cuando deja de serlo. La primera es motivo de gran regocijo; la segunda, de honda preocupación.

Ayer estuve en la consulta de don Luis.


Litesofía, 5 octubre 12 Ayer estuve en la consulta de don Luis. Don Luis es siempre el mismo: no cambia de una visita a otra, de un año a otro. “Hola, ¿qué tal?, siéntese”. Como la primera vez, los mismos gestos y las mismas palabras. Don Luis es serio, educado, elegante. De estas personas que viven su profesión con tal intensidad que terminan adoptando unas maneras peculiares; como una máscara que estrenaron el día de iniciar la carrera y no se despojan de ella ni para andar por casa. Pienso que la mujer le dirá a veces: “Hombre, Luis, que estamos solos, deja de hablarme como médico”. Y él no sabrá. Hay maestros a los que pasa lo mismo: a fuerza de tratar con niños, no saben luego hablar con adultos sino desde esa tarima o pedestal en que se colocan para explicar en su escuela. “Como muy bien dices…”. “Debemos saber que…”. Algunos curas, lo mismo; hablan como los padres: “Hijo, yo te aconsejo…”. No hay forma de hablar con el otro, que llevan anulado, escondido, perdido en alguna parte. Debemos hablar, según las ocasiones, bien con el señor de palabras altisonantes, bien con el otro más informal. Hablar siempre lo mismo es haber anulado a nuestro más íntimo dueño, a nuestro más sincero y simpático “yo” que todos tenemos.

En las muertes violentas...


Litesofía, 8 octubre 12

En las muertes violentas, el alma revoloteará abrazada a su cuerpo por
algún tiempo. La cogerá desprevenida y no se hará a la idea de que
tiene que salir; se resistirá a partir creyendo que no es su hora.
Hay casos de exomatismos, en que uno ve su cuerpo desde fuera. Será
curioso luego retornar y recordar el hecho. ¿Quién la ha impulsado a
salir? ¿Es una llamada a la huida que no admite réplica? ¿Un
desconectarse instantáneo, automático, como un movimiento reflejo?

Me imagino que el alma va con uno confiada, tranquila. Cuando hay
enfermedad, debe ponerse en guardia, nerviosa, y hasta adoptar los
gestos del viajero que, próximo a su destino, busca las maletas con la
vista.

Mas en el caso de un accidente, el alma debe llevarse un susto
morrocotudo. “¿Qué ocurre?, ¿qué pasa?”. No es de extrañar que se
abrace al cuerpo y se resista a dejarlo; es más, debe de ser
inevitable.

Hay muertes naturales, que vienen de lejos, que se esperan. Dan tiempo
a bajar los bártulos, a despedirse de los viajeros que siguen. Son
muertes que duelen, pero que no asustan. Las otras sí, hasta que no
pasa tiempo, no se hacen a la idea de que haya ocurrido.

Yo quisiera que mi despedida fuera de las naturales. Que el alma
dijera: “¡Ya estoy lista”. Y luego: “Otro poco, ¿vale?”. Como quien lo
piensa en el andén y tiene veinte despedidas. Y al final, como
jugando, una caricia leve y ¡hasta siempre!

A los niños...


A los niños el viaje de fin de curso les encanta. Creo que este viaje
no puede ya desaparecer. Cada año, alumnos nuevos, ilusiones nuevas,
viajes inéditos. Las Agencias de viajes lo saben. Es una cantera que
han encontrado y no dejarán fácilmente.

Desde que se inicia el curso trabajan en ello. Una red de hoteles,
hostales y residencias se alquilan para estos menesteres. Temporada
alta, media y baja. Precios de todas clases. Estrellas que indican
categorías. Todo un tinglado en función de los viajes de fin de curso.

A la sombra de los mismos ha aparecido igualmente una picaresca o
negocio con el fin de que el alumno se ayude económicamente a sufragar
su viaje o parte del mismo. Se vende lo más inverosímil: Flores de
papel, cerillas, bolígrafos, carteras, mondadientes, ambientadores. De
todo. Tebeos, libros, calcetines, pañuelos. ¿Quién que venda lo suyo
no piensa en los viajes de estudio?

“A moverse toca: gente a la calle, a los colegios, a ofrecer
artículos”. Jabón, brochas de afeitar, cepillos de dientes, camisas…
Los institutos y las escuelas son bombardeados materialmente. Señores
graves ofrecen el oro y el moro; señoritas insinúan lo mejor para un
viaje redondo.

Los jóvenes sueñan desde ese instante con viajes de placer por tierras
caribeñas, o travesías por mar en noches de plenilunio. Ya no viven ni
menos estudian; ya no reposan ni menos dejan parar a cuantos les
rodean. Viaje en el desayuno, en la comida y en la cena.

¡Qué bien se lo han montado las casas comerciales! “Los tiempos lo
exigen, oiga; estos chavales pueden estudiar y vender en las horas de
descanso, oiga; son los tiempos de hoy; no podemos quedarnos en la
época de nuestros abuelos; nos lo exigen ellos; debemos escucharlos,
oiga”. Y con tantos oigas nos hacen creer que es así, que llevan
razón, que deben salir por las casas a vender cinturones o
imperdibles.