viernes, 8 de febrero de 2013

Relojes.


Litesofía –entre literatura y filosofía-, 8 febrero 2.013
            RELOJES
            Son las nueve de la mañana, pero en mi vida son... Lo aclaro: de ocho de la mañana, cuando uno se levanta, a doce de la noche, que se acuesta, hay dieciséis horas. La vida media de la persona dura ochenta años. Los veinte años corresponden a cuatro horas del día. Ochenta es a dieciséis como veinte es a cuatro. Clarísimo. Ergo, desde las ocho que se levanta, cuatro horas más son las doce del mediodía. El sol calienta fuerte. Está en su plenitud. En cambio los sesenta se corresponden con las ocho de la tarde.  Son horas las que restan de salir a pasear, de ver la tele, de esperar con calma el momento de acostarse.
            En esta proporción de dieciséis horas del día y ochenta años de vida, cada hora corresponde a cinco años. Puede ser interesante no perder de vista nuestra hora biológica, ya que cada día es la viva representación de una vida. Decir que son las diez de la mañana es hablar de hora de trabajo; hablar de las doce es hablar de fuerza y de vigor; las ocho de la tarde es hora de balances y recuentos.
            Si hacemos números resulta que cada minuto equivales a un mes: si una hora son cinco años de vida, sesenta minutos equivalen a sesenta meses, o, lo que es lo mismo, un minuto equivale a un mes. Un año, pues, son doce minutos. Quien pasa de los ochenta años, ha cubierto cumplidamente la etapa de su vida: pasar de esa hora -doce de la noche- es solo para dar gracias y rezar como campeones que han llegado a su meta.
Francisco Tomás Ortuño