LA VIUDA DE CAMPANAL
Campanal de las Torres, aldehuela montañosa, en la provincia de Molgrave, se mantenía heroicamente en lucha con la propia naturaleza. Sus pocos habitantes, mayores todos, recogían, con devoción, lo que les daba el terruño de sus antepasados.
No había escuela como antes. El villorrio se fue desintegrando a medida que la gente joven se fue yendo a la capital en busca de trabajo. Campanal de las Torres -¡qué ironía! Ya sin torres- quedaba a diez kilómetros de la capital, más próspera ésta, sin duda, aunque sufriendo también los efectos del cierre de sus pocas industrias.
La iglesia de Campanal era grande, o lo había sido. En realidad, lo que se conservaba de ella era una capilla en el ala del crucero, donde decía Misa don Gregorio, a las ocho, todos los días del año. El resto de la iglesia estaba en ruinas. Los vecinos del lugar recordaban otros tiempos en que voltearan las campanas y la iglesia tuviera altares floridos y santos en hornacinas. Ahora, para los que quedaban, con la capilla era suficiente. El resto, caído a trozos, quedaba amontonado con escombros cubiertos de verdín.
Martina se mantenía hermosa y garrida a sus cincuenta años. Su porte era distinguido. Cuando vivía su esposo, don Ginés Benavides, médico de Campanal, solían ir juntos a la iglesia y a pasear los domingos por la calle Mayor. Su desplome fue más moral que físico. Martina se arreglaba como antes, vestía con elegancia, y saludaba con la misma solemnidad de siempre. Seguía siendo la Señora para todos los aldeanos, a la que hacían una ligera reverencia cuando pasaba y ella correspondía con un expresivo movimiento de cabeza.
Cada mañana, a la misma hora, cuando tocaba don Gregorio la campana, Martina iba a la iglesia, a unos cien metros de su casa, vestida y maquillada como si fuera a una fiesta. Después desandaba el camino y se recluía de nuevo en su casa hasta el día siguiente.
Con Martina vivía una sirvienta, ya mayor, que le hacía la compra y las labores de la casa. Josefa, que ese era su nombre, había llegado con ella y con el médico, nadie sabía de dónde. Josefa era prudente, amable, poco habladora.
El tío Prudencio, dueño de la única tienda que existía –carne, pan, legumbres-, sabía más que nadie lo que se comía en cada casa. Sus ojillos traviesos aún alegraban a sus parroquianas con bromas intrascendentes. El tío Prudencio recordaba otros tiempos más boyantes en que la carne se vendía por kilos y los panes por piezas de dos libras. Como todo en Campanal, la tienda de Prudencio subsistía, lánguidamente, por no dejar a los vecinos sin comer.
Martina ocupaba siempre el primer banco de la iglesia. Nadie, si llegaba antes que ella, osaba ocupar su sitio. Martina y don Gregorio se conocían bien de verse diariamente allí y por las frecuentes peroratas en el confesonario. A veces se la veía llorar. Los secretos de su alma se vaciaban en el secreto de la confesión, que sólo don Gregorio conocía. Martina, fuera de casa, no hablaba con nadie que no fuera el sacerdote. La Misa diaria era ya un rito que daba sentido a su vida. Por esos minutos, Martina contaba las fechas del calendario.
Don Gregorio frisaría los sesenta años, pero se conservaba ágil como si fuera mozo. Nada pasaba en la aldea que él no supiera o aprobara. Aliviaba a los enfermos, consolaba a los tristes, acompañaba a los que estaban solos, aconsejaba a los que necesitaban de consejo. Igual estaba con el tío Jenaro, el pedáneo, en el ayuntamiento, que en el bar echando la partida de dominó. Amante de las flores, cultivaba en su pequeño huerto petunias y jacintos con las que adornaba el templo. Su figura, alta y robusta, poseía el don de la ubicuidad. Pero a las ocho de la mañana que nadie le buscara en otro sitio que en la iglesia. Tocaba la campana solitaria, de sonido bronco, discordante, y a renglón seguido decía su Misa con las pocas personas que acudían.
En las fiestas de la patrona, santa Prudenciana, a primeros de mayo, el pueblo de Campanal despertaba de su marasmo. La iglesia se vestía de flores, con don Gregorio venía otro cura a celebrar, y a la salida de Misa había procesión con tracas y cohetes.
Una de estas veces se vio a Martina, por primera vez en mucho tiempo, platicar con un señor. ¿Quién era este caballero que hablaba con Martina? Nadie le conocía. La noticia corrió de boca en boca. Según se dijo luego, en los ojos de Martina se vislumbraba una luz centelleante de alegría, un fulgor que la hacía más joven. Hasta se dijo que la vieron reír.
Al domingo siguiente estuvo de nuevo con el mismo hombre, a la salida de Misa. Como un idilio tardío que retallara en sus carnes, iban juntos por la huerta entre amapolas y buganvillas. Dijeron los que pasaron cerca que Martina reía como una colegiala por las sendas umbrosas de las afueras, escuchando el piar de los zorzales y vencejos y sintiendo el rumor de las acequias.
Fue una época radiante, de resurrección, en la vida de Martina. A la misma hora iba a la iglesia todos los días, pero sus ojos mostraban un brillo que habían perdido. Y por ruego de don Gregorio, visitó a enfermos y ayudó en otros menesteres de la vida parroquial.
Un domingo, pronto, faltó a su cita el amigo de Martina. Y el siguiente. Ya no se le volvió a ver más por allí. Los paseos de Martina por la huerta con su acompañante cesaron. Don Gregorio, en confesiones íntimas, sabría los motivos. Y quizás fuera él, ¿quién sabe? El que aconsejara a Martina lo que más le convenía.
La vida de Campanal seguía su curso con latidos de un corazón provecto. El bar de Antonio recogía por las tardes a los mismos clientes, que jugaban la partida con golpes en el mármol o permanecían callados en estado de somnolencia.
Martina lo supo una mañana. Quizás fuera la primera en saberlo. O la única. Se lo dijo don Gregorio después de la Misa:
-El obispo me traslada a otro lugar.
Martina no dijo nada, pero sintió como un desgarro en sus entrañas. Sus confesiones se habían convertido, sin darse cuenta, en la razón de su vivir.
Martina sintió la corazonada, a modo de aletazo, de que el Señor la llevaba por caminos nuevos. El traslado de su confidente espiritual era sólo el instrumento que Dios utilizaba para mostrarle a ella su destino. Fue entonces que Martina trazó los planes definitivos para el resto de su vida. Quizás fuera don Gregorio el único en saberlos, o ¿quién sabe? El que se los marcara.
Una mañana, la campana de Campanal no sonó. Fuera de Martina, nadie reparó en su silencio. Don Gregorio era sólo otra pieza del pueblo que desaparecía. A Martina tampoco se la echó en falta cuando un día, pronto, con lo poco que tenía, se marchó a un convento de clausura.