Litesofía –entre literatura y filosofía-, 7 Noviembre 2.013
A mi hijo F.Amós Tomás Pastor
Sedantes
Mamá, de habitación en habitación, escucha música clásica: “Pon música de la que a mí me gusta”, me dice. Se oye en toda la casa, sin estridencias, una de las “Melodías más bellas del mundo”: Danza eslava nº 1 en Re mayor. A los jóvenes les agrada más otra música. Prefieren canciones de ritmo trepidante, que escuchan en discotecas.
La música es necesaria. Los Centros docentes debían de tener hilo musical. Sería un sedante para los nervios. La casa alegre que debe ser la Escuela, no puede estar ayuna de música. Los niños deben de entrar con música al Colegio y deben de salir escuchando música, y hasta diría que deben trabajar con música. La música alegra el espíritu y el trabajo. Sólo que hay que escogerla bien para las distintas situaciones.
Si queremos que el niño goce con música clásica, que la prefiera, que la sienta, nada mejor que dársela a oír. Poco a poco, se irá adentrando en su espíritu. Si a esto añadimos nociones de compositores y títulos de sus obras, los niños sabrán siempre distinguir piezas que escuchen ocasionalmente. Es una triste realidad: los niños apenas saben quién es Beethoven, Strauss, Bach o Vivaldi; y si oyen una sonata no la distinguen de una ópera.
El boom de la música ha de llegar. Ya los Conservatorios se llenan de niños ávidos de saber solfeo y de tocar instrumento. La música debe ocupar el rango que le corresponde. Pronto nos inundaremos de música en las escuelas; otra cosa no tiene sentido. Que no se sepa quién es Falla, Breton o Tchaikovsky dice muy poco de nuestro sistema educativo. Que no guste Albéniz es sintomático de enfermedad educativa grave.
Qué ambientes tan distintos los del Conservatorio y la discoteca. En los dos hay jóvenes, en los dos hay música, pero son diametralmente opuestos. En el Conservatorio, los jóvenes sueñan con llegar a ser grandes músicos –pianistas, guitarristas, violinistas- y aprenden solfeo e historia de la música. En la discoteca, los jóvenes no sueñan con llegar, viven un presente cargado de humo y tedio.
Francisco Tomás Ortuño, Murcia