miércoles, 7 de mayo de 2014

¿Qué hay detrás del universo?

Litesofía –entre literatura y filosofía-, 7 mayo 2014
Nuestro planeta gira como un trompo, confiado, alrededor del sol, con otros compañeros, Venus, Marte, Saturno… Nos hemos acostumbrado a verlo como la cosa más natural, si bien da vértigo si lo pensamos despacio.
Viendo con los ojos de la mente nuestro mundo, la Tierra, y mirando ese espacio pequeñísimo llamado España, que emerge de los mares, ¿qué significa desplazarse un avión de España a América? De lejos se ven juntos los continentes, sin solución de continuidad, como se dice en los libros. Y es que si la Tierra es diminuta, las distancias en ella tienen que ser exiguas por fuerza.
            ¿Y el universo?, ¿cómo ha logrado su perfección tan acabada?, ¿de dónde le viene el impulso que genera movimientos tan precisos?, ¿cómo, después de millones de siglos, sigue en pie? La mente se pierde con tales elucubraciones.
Si el sistema solar es una maravilla de perfección, ¿qué me dices de una galaxia? Miles, millones de sistemas como el nuestro. Espanto produce pensarlo. ¿A quién no asombra esta máquina tan perfecta?, ¿quién no se admira de semejante ingenio que nos mantiene. 
Y si es de maravilla una galaxia, ¿qué diremos de los miles y millones de galaxias existentes? ¿Te lo puedes imaginar? Cierra los ojos e intenta abarcar el universo. Marea, ¿verdad?  Los espacios siderales producen vértigo.
Pero hay algo que nos asombra más, si cabe. Si desconcierta la grandiosidad del universo, ¿cómo nos deja la idea, inconcebible, de que ser tan descomunal flote en la nada? Porque el mundo, concebido como conjunto de astros, no es un archipiélago sino una isla: un vaso con agua en el que flotan partículas. Gigantesco, descomunal,  grandioso, pero uno.
Y más allá de todo, ¿qué hay? Al final del convoy, ¿qué se encuentra? ¿La nada? ¿Te imaginas el mundo sin ser sostenido? Ahí está el gran misterio del universo: Si es uno, por grande que sea, tendrá que flotar en el vacío. Y eso escapa a nuestras luces, pero demuestra que Dios existe.

   Francisco Tomás Ortuño, Murcia