martes, 8 de abril de 2014

Correlaciones. Hastío.

Litesofía –entre literatura y filosofía-, 8 abril 2014, martes.

Fragmentos

 CORRELACIONES
            Los exámenes no dicen toda la verdad. Yo presencié el siguiente caso, y doy fe de que ocurrió así: Un joven esperaba su turno para examinarse ante un tribunal compuesto por tres señores serios, mudos, impenetrables. "Me sé todo el programa menos la lección treinta y dos, que trata de las correlaciones; no tendré tan mala suerte", nos dijo a varios que esperábamos turno como él. Lo llaman en su momento, saca una bola para desarrollar el tema y... ¡justo lo que estás pensando!: lección treinta y dos. Dio media vuelta y salió por donde había entrado. ¿No podía ser al revés: saberse sólo un tema y tener la suerte de sacar esa bola?
En otra ocasión, un compañero se puso blanco y no decía nada ante los miembros del tribunal. "¿Se encuentra mal?", le preguntaron. No hubo respuesta. "Tráigale un vaso con agua", dijeron al conserje. Se bebió el agua de un trago. Seguía callado. Pasaron unos minutos más. "Se le ha agotado el tiempo", le indicaron amablemente. El examinando se levantó descompuesto, y se dirigió hacia un armario que había cerca. Lo tuvieron que acompañar para alcanzar la puerta.

 HASTIO
            Para leer hay que llevar un orden. Leer por leer, lo que venga a mano, es tanto como comer sin mirar lo que llevamos a la boca. Con un libro nuevo, lo primero es conocer al autor; luego ver lo que nos cuenta y, por fin, sacar nuestras propias conclusiones.
            Cuando un libro nos entusiasma hasta el fin y nos hace ser mejores, el libro es bueno, sin duda. Pero si deseamos pasar hojas sin leer por acabar pronto, y el hastío nos invade, el desprecio por los libros nos acomete. Los buenos escritores, más que de una época son de todo tiempo; lo que dicen puede aplicarse a la humanidad; sus obras son clásicas, de siempre. No abundan, por desgracia.
            ¿Surgen estas obras de la madurez de su autor o son el fruto casual que nace cuando no se espera? Pienso que las obras geniales se deben bastante al azar: un relámpago, un fuego, un pensamiento febril, pueden alumbrar un felicísimo parto cuando menos se espera.


                                                                                  Francisco Tomás Ortuño,  Murcia