jueves, 20 de diciembre de 2012

Murcia, las ocho.


Litesofía –entre literatura y filosofía-, 20 diciembre 12

Murcia, las ocho. Once días más y se fue el año. Estamos en los días más cortos. Quede constancia que tengo la luz encendida para escribir. A partir de ahora las noches se acortarán y los días  crecerán. ¿Te imaginas el espectáculo?
-A qué espectáculo te refieres?
-El planeta Tierra, tan enorme y a tal velocidad, girando alrededor del sol, llegar a un punto y empezar a dar la vuelta. ¿Hay algo más extraordinario?
-Deja el tema que me quita el sueño.
-Para quitar el sueño, la tos que tuve anoche. Y eso que fui a la Vega y una médica me mandó un jarabe. Con nada se me cortaba. Se lo adverí a la doctora:
-Mi tos no me deja dormir.
-Con los cambios de tiempo, hay muchos catarros –me contestó.
-Mi mujer no puede dormir tampoco –seguí.
Me auscultó y me dijo que era solo de garganta.
-De garganta o de pecho, por favor, quíteme la tos si no quiere que se separe una pareja que vive junta cuarenta y cinco años.
Se rio de la broma y siguió escribiendo recetas.
Por la noche, seguía tosiendo. Y fue entonces, entre tos y tos, que pensé: “¿No sería la tos uno de los sucesos a que se refería el sacerdote en el altar cuando dijo: “Para estar unidos en lo bueno y en lo malo, os declaro marido y mujer”. ¿Pensábamos entonces que vendrían noches con toses recalcitrantes, ruidosas, impenitentes e incorregibles? Lo más seguro es que no, por más que fueran incluidas en el paquete.

Yo del cura –seguí pensando- llevaría una lista de episodios ordinarios que acontecen en la vida matrimonial, recogida de la experiencia de años de confesión, y antes de decir: “Os declaro marido y mujer”, les leía, despacio, la cartilla.
-¿Qué cartilla, Timoteo?
-La lista de casos o peripecias acontecibles, que en esos momentos no se piensan: “Si la tos de uno no deja dormir al otro; si uno sale ventosero y es difícil de aguantar; si ronca tan fuerte que ni con tapones en los oídos dejan de oírse los ronquidos; y mil cosas más.
Que es muy fácil decir “Sí, quiero” en esos momentos cuando todo es esperar a salir de la iglesia a que les tiren el arroz y les hagan las fotos.
Yo diría: “Señorita Tal, ¿tomas por esposo a este hombre para el resto de tu vida y lo soportarías con cuartos o sin ellos, tosa o no tosa, ronque o no ronqye, huela bien o huela mal, etc., etc., hasta que se muera?”.
Que supieran a lo que se exponían. Que luego no pudieran decir: “Si llego a saber esto no me caso”;  o “¿Por qué no me  advirtieron que esto podía pasar?”.
-Y que no pasara a mayores.
-¿Qué quieres decir?
-Que lo de la tos es pecata minuta para lo que puede venir. Por ejemplo, que se emborrache a menudo y vuelva a casa gritando o pegando a la mujer; que no tenga trabajo ni lo busque y la mujer trabaje por los dos.
Yo del cura que los casa les diría que lo que van a contraer no es un juego, sino lo más serio que van a hacer en su vida. Que el “Sí quiero” implica renunciar a una vida más cómoda. Y que los hijos que nacerán son de ambos por igual y deberán vivir por ellos y para ellos. ¡Cuántas cosas les diría que no saben!
Cuando oigo decir que una pareja se ha separado pienso que no debían haberse casado o que no conocían las reglas del juego, tal vez porque antes no le dijo nadie que una noche podía tener tos y no podría dormir, o que podía roncar, o que podía llegar la droga u otra enfermedad a la que debían hacer frente los dos juntos.

Comunidad "La alondra"


Litesofía –entre”lite” y “sofía”-, 19 diciembre 12
Dedico mi Cuento de hoy a mi hijo Miguel Tomás Pastor
COMUNIDAD “LA ALONDRA”
En un pueblo andaluz, había una Comunidad de vecinos, llamada “La Alondra”, que estaba compuesta por veinte familias ricas. Estas familias eran de tal rango social que el nombre de “La Alondra” era sinónimo de distinción y poder, sin parangón posible.
            Una de las familias era la de don Gerardo, eminencia médica, reconocida dentro y fuera de Andalucía. Su mujer procedía de los barones de Ajimez, dueños de extensas propiedades. Sus tres hijos, uno canónigo, otro militar de alta graduación, y el tercero médico endocrino de gran fama también, eran personas respetabilísimas.
            Si cuento la historia de esta familia es para que se comprenda la importancia de tal Comunidad de vecinos. Don Félix Sanz de Forqué y Forqué, por ejemplo, otro comunero de “La Alondra”, era diputado. Don Aniceto Puche Trável, arquitecto muy famoso. Don Julián de Entrambasaguas y Salmerón de las Viudas se había distinguido como abogado en los famosos juicios del vino adulterado. Doña Felicísima Rius de las Torres Bermejas estaba reputada como la mujer más rica de la Región. El título de duquesa lo conservaba como otro atractivo más, no el más relevante, de su vida.
            Los veinte comuneros se congregaron un día para nombrar a quien en adelante fuera a ser administrador de finca tan singular. De entre los candidatos al cargo, fue elegido don Arcadio Visiedo. Para todos, sin excepción, don Arcadio reunía las cualidades que requería el cargo: era inteligente, activo y honrado, justo lo que buscaban.
            Don Arcadio Visiedo estaba casado con Esperanza Min y tenía dos hijos. Lo primero que pidió como Presidente de comunidad tan prestigiosa, fue una vivienda digna. Los comuneros no vieron mal, sino todo lo contrario, que la casa de don Arcadio fuera como la de ellos mismos. Y así, le construyeron un palacete próximo, con jardines donde poder explayarse la familia. En este palacete montó don Arcadio su despacho.
Esta casa, pronto, con el buen gusto de Esperanza Min, llamó la atención de todos por su exagerada ornamentación. Su interior fue vestido con cuadros y muebles lujosos. El boato se desbordó en la casa de don Arcadio, para asombro de los propios moradores de “La Alondra”, que empezaron a recelar de las extravagancias de esta familia.
Esperanza Min dejó de trabajar donde lo hacía, para dedicarse con su esposo a la administración de “La Alondra”. Así lo manifestó a los comuneros, con el fin de que los gastos derivados de su gestión figuraran en los próximos presupuestos. En realidad se advertía la mano de doña Esperanza en múltiples detalles. Los enormes maceteros de la entrada, por ejemplo, fue idea suya, como las lámparas de los ascensores.
Los dos hijos del matrimonio, Exuperio y Rubéns, de veinte y veintitrés años respectivamente, pasaron también a la administración de la Comunidad. Exuperio se ocupó de las comunicaciones, reduciendo el número de accidentes. Rubéns, por su parte, atendió la enseñanza. Dedicó grandes sumas a mejorar la escuela que funcionaba en la Comunidad “La Alondra” y subió escandalosamente los sueldos de sus tres maestros. Jamás se había conocido en la historia de la enseñanza tanto gasto en aparatos sofisticados.
Los ingresos de la familia Visiedo eran cuantiosísimos. Su renta excedía a las rentas de algunos administrados. Ni don Gerardo el médico, esposo de la baronesa de Ajimez; ni don Félix Sanz de Forqué y Forqué, político; ni don Aniceto Puche, arquitecto; ni don Julián de Entrambasaguas; ni doña Felicísima Rius de las Torres Bermejas, ni otros vecinos de “la Alondra”, podían competir con don Arcadio en el sueldo.
La solvencia de “la Alondra” era incuestionable para los bancos. Todos se disputaban el honor de trabajar  con ella. Al final, don Arcadio Visiedo, responsable de la administración,  se decidió por el banco “Mecenas” de Colmenar. Su director, don Salvador Castroverde, se mostró agradecido y atento con don Arcadio cuando éste solicitó un préstamo para la finca donde trabajaba. Don Salvador Castroverde dejó otros asuntos pendientes para atender con diligencia al administrador de la Comunidad. El préstamo estuvo dispuesto en un abrir y cerrar de ojos: total eran treinta mil euros a devolver en un año con el diez por ciento de interés bancario.
Los confiados moradores de “La Alondra” no supieron que sobre su finca pesaba tal carga de millones. Siguieron, como antes, haciendo y deshaciendo en sus particulares asuntos, confiando plenamente en su administrador.
Los intereses del préstamo solicitado al banco Mecenas supusieron tres mil euros a fondo perdido para los comuneros. Cuando don Arcadio les pidió un nuevo impuesto, algunos fruncieron el entrecejo. Para gastos comunes pagaban ya a don Arcadio seis mil euros cada uno al año, aparte “derramas”, que últimamente menudeaban con harta frecuencia. El capítulo de nóminas para don Arcadio, doña Esperanza, Exuperio y Rubéns y unos cuantos adláteres que nombraron por su cuenta, sobrepasaba el ochenta por cien del total recaudado.
Los ciento veinte mil euros que se recogían cada año para gastos de comunidad se esfumaban pronto. Había que buscar otros medios que aportaran más dinero. Los ingresos eran insuficientes. Por ello, la administración de “La Alondra” pidió otro préstamo al banco “Mecenas”, que su director, don Salvador Castroverde, facilitó enseguida.
Con el dinero recibido se llevaron a cabo obras en la vivienda de don Arcadio, en instalaciones deportivas y en piscinas de la familia, así como en la propia finca de los comuneros. Vivieron un sueño de gloria mientras quedaron restos de su atrevida empresa con el banco. Tanto que no dudaron pronto en solicitar un nuevo préstamo para seguir con la política de mejora que habían emprendido, para mantener el buen nombre de “La Alondra” y, en definitiva, para el bienestar de sus habitantes.
            Con los trescientos mil euros recibidos últimamente del banco Mecenas, los administradores no cupieron de gozo. “Habrá nuevas pistas”, dijo entusiasmado Exuperio. “Se invertirá en laboratorios”, exclamó Rubéns no menos exaltado. “Me compraré un helicóptero, que bien merecido lo tengo”, manifestó feliz doña Esperanza.
            A doña Felicísima Rius de las Torres Bermejas no le iban bien últimamente los negocios. Unos años desafortunados la pusieron en guardia. Reponer vides y árboles dañados por el pedrisco supuso en su economía particular una llamada al orden de su gestor don Severo Filipino. No debía seguir con los gastos suntuosos que llevaba; debía recortar viajes y fiestas de sociedad.
            Algo parecido le ocurrió a don Aniceto Puche, el arquitecto. No recordaba tiempos menos productivos. Hubo un parón en la construcción y sus ingresos disminuyeron alarmantemente. Por otra parte, y por esos caprichos de fortuna, el centro de atención pasó de su persona a jóvenes valores, que acapararon la fama que antes tuviera él. En unos años, pocos, la firma luminosa del arquitecto por antonomasia, se fue apagando.
            Algo raro ocurría en la Comunidad de “La Alondra”. Como una maldición, unos tras otros fueron sintiendo la desgracia. Cuando no era un desastre financiero era una enfermedad. Hubo miedo en la casa. Lo que antes era esplendor y bienestar, se tornó en sombría intranquilidad. Don Julián de Entrambasaguas, don Félix Sanz de Forqué, don Recaredo Sierpes, don Pío de la Torre y Valcárcel, descendiente de virreyes del Perú..., todos fueron perdiendo brillo y poder con estrepitosas caídas que se comentaban en círculos cada vez más amplios. Los únicos que parecían no advertir la caótica situación de la Comunidad eran don Arcadio Visiedo y su equipo de gobierno.
            Don Raimundo Espí, militar retirado, se decidió, por fin, a hablar con don Arcadio.
-¿Puede recibirme? –pidió a la secretaria.
-No sé, no sé... son tantas sus ocupaciones...
-Es urgente –insistió el militar.
-Solicítelo por escrito.
-Se trata...
-¿Qué me va a explicar...? una instancia y ya veremos, don Raimundo.
            A los dos meses pudo entrevistarse con el administrador. Fue recibido en un salón versallesco.
-¿Qué se le ofrece a usted, don Raimundo?
-Sabrá perdonarme, don Arcadio.
-Al grano, al grano...
-Es que las cosas no van bien por casa... y he pensado que por una sola vez y sin que sirva de precedente... si me podía prestar un dinero...
-Ya lo sabía..., bueno, hombre de Dios, para eso estamos, no se preocupe..., pase por la administradora general doña Esperanza Min, y ella le dirá lo que tiene que hacer. No se exceda usted, don Raimundo, que luego los intereses son aves de rapiña... ya me entiende.
-Sí, sí, claro, don Arcadio, es usted un santo.
Don Salvador Castroverde, director del banco Mecenas de Colmenar Hondo, levantó la caza. Les dio a conocer, por un escrito detallado a cada uno de los veinte propietarios de la finca “La Alondra”, la situación en que se hallaba dicha vivienda. El último préstamo solicitado, tras reunirse la cúpula bancaria en sesión solemne y exprofeso, había sido denegado. La situación de la comunidad era francamente negativa y el banco era ya prácticamente dueño de todos sus bienes. En una palabra, que estaban hipotecados.
            Los veinte propietarios de “La Alondra”, en una reunión de urgencia, se congregaron en asamblea extraordinaria.
            Expuesta que fue la difícil situación económica por que atravesaba la Comunidad, se pensó en los gastos desorbitados que llevaba don Arcadio.
            Difícil fue que les recibiera, pero, al fin, tras muchas instancias y compromisos, pudo acceder a su despacho una comisión.
-Creemos que los gastos son excesivos.
-¿Qué  más?
-Que los préstamos nos arruinan.
-¿Qué  más?
-Que sus sueldos son astronómicos.
-¿Qué  más?
-Que con su gestión, la Comunidad “La Alondra” se hunde.
Don Arcadio guardó silencio. Miró detenidamente a los emisarios:
-Y usted, precisamente usted, me dice esto, cuando me debe a mí, a mí, ¿me oye?, más de media finca. O usted, don Acisclo de las Heras. O usted, don Pelayo Cacahuete. Ustedes precisamente, que han sabido de mi generosidad, vienen a decirme que administro mal.
-No es eso, don Arcadio –se atrevió a responder don Acisclo, removiéndose en su asiento-, no es eso...
-¡Cómo que no es eso! –vociferó el administrador-, ¿qué quieren entonces, echarme? Por votación fui nombrado y no hay fuerza legal que me eche, ¿me oyen?; mis derechos son mis derechos, ¿o es que me los van a negar?
Miró retadoramente a los tres y luego prosiguió más despacio:
-Salgan de mi despacho y ya veré lo que puedo hacer por ustedes.
-Sabíamos que nos comprendería, don Arcadio.
Y así diciendo llegaron hasta la puerta.
-No se preocupen, haré cuanto esté en mi mano –les empujó hacia fuera.
Don Arcadio, doña Esperanza, Exuperio, Rubéns y otros cuantos familiares y amigos se convirtieron en los personajes más importantes de Andalucía. Sus cuentas bancarias eran las más saneadas del Reino. Sus fincas cuantiosísimas.
Ya no se hablaba de la Comunidad “La Alondra”, ni de don Julián de Entrambasaguas, ni de doña Felicísima Rius, duquesa de Cerdún, ni de los otros comuneros que fueran la comidilla de los vecinos antes. Ahora se hablaba de don Arcadio Visiedo. El banco Mecenas y su director, don Salvador Castroverde, de Colmenar Hondo, sólo negociaba con don Arcadio, quien prestaba dinero a particulares por su cuenta o a los propios comuneros de La Alondra. Don Arcadio se convirtió prácticamente en dueño absoluto de vidas y haciendas.
Hasta que un día, un mal día en la historia de “La Alondra”,  el globo monumental que don Arcadio había montado, estalló. El estruendo se escuchó a muchas leguas, y del mapa desapareció, para siempre, la Comunidad que fuera famosa en otro tiempo por motivos diversos.