miércoles, 2 de abril de 2014

Cacos. Mascotas. Balneario "La Alianza".

Litesofía –entre literatura y filosofía-, 2 abril 2014, miércoles, San Francisco de Paula

Como otros días, empiezo mi trabajo leyendo algún artículo de la Revista Selecciones Reader´s Digest. Esta es del mes de abril, con la portada amarilla y un caco con antifaz cogido, por lo visto, en su habitual faena: jersey a rayas, guantes y manos arriba en señal de rendición.

Como leo a su diestra: “Los ladrones más tontos pillados por la policía”, me dejo llevar por mi distinguida amiga Yolanda del Valle en su Editorial, y leo: “¿De qué nos reíamos en los años 50 o de qué lo hacíamos en los 90?”, página 76 de la misma.

El caso, por ejemplo, de quien hacía un trabajo sobre delincuencia juvenil, y llamó a una docena de casas a partir de las nueve de la noche, para saber dónde estaban los hijos en ese momento. Y dejó de llamar cuando vio que contestaban los hijos diciendo que no sabían dónde estarían sus padres.
Pienso yo si hoy tendría respuesta a su llamada en algún hogar, por desgracia, ni de padres ni de hijos.

O aquel que se averió su coche y lo condujo hasta el arcén. Cuando miró bajo el capó por si daba con la avería, vio que otro operaba por detrás y le dijo: “Vale, compañero, para ti la batería y yo me llevo los tapacubos”.
Si esto ocurría en el 64, ¿qué no ocurrirá hoy con la crisis que padecemos?

Otro, que iba en su coche, con un perrito en el asiento del copiloto, se detuvo en la puerta de un supermercado, cuando un señor se le acercó despacio, como suelen hacer los guardias, y señalando al chucho, preguntó: “¿De qué raza es el perro?”. El dueño pensó que lo iban a denunciar y, tartamudeando, dijo: “Pues… la verdad… no lo sé”. Se tranquilizó cuando oyó que le dijo: “Si lo descubre, por favor, llame a este teléfono; yo tengo otro igual y tampoco sé cuál es su raza”.
Nuestro siglo pasará a la Historia como “el tiempo de las mascotas”; quien no tiene un perro, tiene un gato, un hánster o una tortuga.

Unos jóvenes comieron opíparamente en un restaurante y decidieron jugarse el importe de la factura en una carrera de varias vueltas a la manzana. Se lo hicieron saber al dueño del restaurante y le pidieron que hiciera de árbitro dándoles la salida. Divertido el hombre, así lo hizo, pero ya no volvió a verlos cuando partieron.
Mi abuelo me contaba que él vendía alpargatas y fue un gitano a mercarse unas zapatillas. Cuando las tuvo puestas le dijo serio: “Maestro, ¿ha visto usted correr a un gitano?”. “Pues, no”, repuso, y lo siguió hasta la puerta. “Pues lo va a ver ahora mismo”. Y salió corriendo.

Hubo una época en que las mujeres iban cubiertas en la playa hasta los tobillos; después hasta las rodillas; más tarde hasta las caderas, y luego no se veía el bañador.
En Alicante, en la playa del Postiguet, había, siendo yo niño, un balneario llamado “La Alianza”. En los baños que se ofrecían, había compuertas de madera en el suelo por donde las señoras más recatadas bajaban al mar por unas escaleras. Mi familia, pudorosa en extremo, solo iba a este balneario por salir al mar las mujeres por sus trampillas.

Una señora montó en un autobús y no quedaban asientos libres, teniendo que ir de pie durante varias paradas sin que nadie le cediera su asiento. Hasta que un caballero se le acercó y muy bajito le dijo: “Esté atenta, que a la tercera me bajo”.
Me recuerda un caso parecido, pero ella más avispada, que viendo que nadie se levantaba, se fue a un señor y le dijo: “Por favor, podría dejarme su asiento, que estoy embarazada?”. “Claro, faltaría más”, y le dejó su asiento. Pero viendo que La señora le miraba con cierta picardía, le volvió a preguntar: “¿Me puede decir de cuánto tiempo está usted embarazada?”. “Eso importa poco”, repuso ella ya en su asiento.   

                                                                       Francisco Tomás Ortuño

Doctor por la Universidad de Murcia