miércoles, 21 de mayo de 2014

Tiempo.

Litesofía –entre filosofía y literatura-, 21 mayo 2014
Fragmento

Murcia, miércoles, las ocho y media, en mi escritorio. Aparentemente, un día como los demás. Digo aparentemente porque Brasero y demás hombres –y mujeres- del tiempo, anuncian lluvias y borrascas generalizadas: “Tiempo inestable y bajada de temperaturas”.
Aquí y ahora, que es lo más fiable, el cielo es azul, la ropa tendida no se mueve, y el fresco de la mañana se agradece. ¿Qué venga luego?, no lo sé; aunque daría tiempo a tomar medidas en un hipotético cambio; que el tiempo meteorológico no es traidor: avisa para que te vayas preparando.

No es como los volcanes, los terremotos o los tsunamis, que se presentan de golpe y ¡zas! muerte ven por este. Como ocurrió con el Vesubio, en Nápoles, por los años sesenta de  nuestra Era cristiana, que enterró a las ciudades de Pompeya y Herculano, dejando a sus habitantes en actitudes diversas de la vida cotidiana.

Pasados muchos años y desenterrados que fueron los cadáveres, se vio que no escaparon con miedo a lo que se les venía encima, sino que fue un instante que no les dio tiempo a pensar: donde y como les cogió, así y allí se quedaron.

De la cuesta, dice el Calendario que vamos por el escalón sin retorno número 141 y que nos quedan por subir 224.

El Pensamiento es de Unamuno: “El progreso consiste en el cambio”, él sabrá por qué lo dijo. ¿Pensaría que la vida es como un enorme paquidermo que no cesa de caminar? Indudablemente se cambia constantemente, aunque no siempre se progresa.

Celebran su santo los que se llaman Valente, Paterno, Teobaldo y muchos más. ¿Por qué no se asigna una hora para cada uno? Así los que se llaman Paterno podrían decir: “Mi santo se celebra el 21 de mayo, de nueve a diez de la mañana; y los llamados Teobaldo: “Mi santo es el 21 de mayo de cuatro a cinco de la tarde. Menos temporalidad, pero más intensidad en la celebración. Más igualdad, que llega San José y nadie se acuerda de San Apolonio.

                        Francisco Tomás Ortuño, Murcia


Peces.

Litesofía -entre literatura y filosofía-, 20 mayo 2014, martes, San Bernardino de Siena

A mi hermano Amós Tomás Ortuño

Peces  -fragmento-

   El domingo, en el camino de vuelta a casa, cruzando la pasarela sobre el río, sujeta por gruesos cables de acero, vi que un señor mayor pescaba con caña.  Me detuve a su lado. “¿Pican?”, le pregunté. Abajo solo se veían patos nadando o tomando el sol en pequeños islotes. “De vez en cuando”, me respondió atento. Luego siguió: “Ya me iba, pero voy a pescar otro para que lo vea”.

   De una cesta sacó el cebo, lo pinchó en el anzuelo, al final de un hilo largo de la caña de pescar y lo lanzó al agua. “No esperaba ver una pesca tan a lo vivo!, pensé. Enseguida vimos que se movía el extremo de la caña. “¡Ya han picado!”, dijo el hombre contento. Recogió el hilo suavemente y vi que de las aguas del río salía un pez tan grande como mi brazo.

-¡Pobre animal! -exclamé.

-Puede estar fuera del agua más de una hora -dijo el pescador.

-¿Es que lo va a soltar de nuevo? -dije aliviado.

-Sí, estos peces no se comen; el agua puede estar contaminada.

Pudimos verlo de cerca. Nos miraba asustado y suplicando que le quitáramos el anzuelo de su boca. Mi compañero se enfundó la mano izquierda con una bolsa de plástico, cogió el pescado por la barriga, me pidió que tirara del hilo mientras que él ayudándose de una cucharilla lo libraba del alambre que tenía clavado en su boca.

   En la operación se habían congregado varias personas con niños viendo cómo el animal se revolvía inquieto. “¡Qué hermosa es la libertad!”, pensé. El pescador lanzó de nuevo el pez al agua y lo vimos nadar, veloz, con la corriente como huyendo del mismo demonio, a contar, quizás, a sus amigos la aventura.

   En mi camino, recordé que los peces son vertebrados, que respiran por branquias, que su cuerpo fusiforme tiene escamas, que su corazón se halla debajo de la cabeza junto al aparato respiratorio y que el número de especies es superior a veinte mil.

   Los primeros cristianos  empleaban la figura del pez para conocerse porque pez en griego era Ikhthius y su acróstico daba “Hijo de Dios Salvador” –Iesus – Khristos – Theos – Vios – Soter.

   Hace muchos años, cuando mis hijos eran pequeños,  compré una caña de pescar. Ninguno la quiso y menos se utilizó, por cuanto suponía sacar del agua a los peces para morir. La caña de pescar la colgamos en la pared de la casa del monte, donde permanece,  como un adorno o recuerdo de nuestra estancia un verano en la playa del Mar Menor.

   Faltaba lo que vi el domingo en la pasarela, sobre el río Segura, para aborrecer este instrumento de tortura o de muerte. No se me va de la cabeza el gesto del pobre pez pidiendo clemencia. Pendía en el aire, como un malhechor, queriendo soltarse, suplicando que lo dejaran en libertad. Lo vi llorar, Godofredo. En sus ojos vi el dolor, la rabia y el miedo que sentía.    

                                                                                   Francisco Tomás Ortuño, Murcia

Termómetros.

Litesofía –entre literatura y filosofía-, 19 mayo 2014, lunes

TERMOMETROS

            ¿Quién vio primero que el mercurio se dilataba y pensó en marcar los grados  de calor? Hoy quedó superado el invento con la electrónica, pero todos conocemos el clásico termómetro para saber la temperatura ambiental o la fiebre  que tenemos.
            Pues si, fue por el siglo XVII cuando el holandés Drebbel inventó el aparato, y tuvo que pasar tiempo para que se perfeccionara. Primero era aire lo que se dilataba; luego alcohol; después agua. Farenheit, en 1720 pensó que la dilatación regular del mercurio hacía de este metal lo más indicado para el termómetro. Y así quedó. Luego todo fue hacer cambios accidentales.
            Antes de inventarse el termómetro, la gente decía: "Hoy hace más calor que ayer". Pero no podía decir: "Hoy hace justo la mitad de calor que ayer". Medir con precisión el calor atmosférico o corporal fue como reducir al enemigo o cronometrar el tiempo.
            Es de admirar cómo el hombre fue inventando cosas para vivir mejor, por su  curiosidad y su capacidad creadora. Aunque no hubiera querido, hubiera inventado: en su inevitable madurez, la razón investigaba y él aplicaba sus descubrimientos.
            Los orígenes del hombre serían de poquísimas necesidades. Una de estas primeras necesidades sería construir armas para defenderse de los animales. Cuando tuviera frío, pensaría en cubrirse el cuerpo y en hacerse viviendas.
Con el calor, lo mismo: “Deseo estar a veinticinco grados y tres décimas". El calor ha sido domesticado. A voluntad. Más ya no puede hacerse. El frigorífico moderno, el aire acondicionado en todas sus modalidades, es la perfección suma en el campo de la térmica.
            ¿Estaría en los cálculos del Creador que el hombre hiciera y deshiciera a su antojo sin provocar enfados en la cúpula? 


Francisco Tomás Ortuño,  Murcia