Litesofía, 19 Octubre, Viernes, Santa Laura. El sermón del cura era como hablar en el desierto; dijo que hay que cumplir con el precepto dominical a los que estaban cumpliéndolo; y a quienes debía dirigirse no estaban: ergo, palabras vanas. Yo dejaría los sermones en un diálogo familiar, humano, íntimo, para expresarse la alegría de estar juntos y ayudarse los unos a los otros. La palabra sermón ya dice claro que sabe a rollo, como dicen los jóvenes ahora. Lo de ayer quiso ser distinto: “O somos o no somos. O estamos en la iglesia o contra la iglesia. Hay que definirse”. Fue un sermón del pasado, pero efectivo. “Cristo es la vida. Los sarmientos somos todos”. Yo, escuchando al prelado, pensaba en la mella que harían sus palabras en los asistentes. ¿Harían cambiar a los fieles las palabras vibrantes del Obispo? Las campanas, haciéndose eco de la súplica episcopal, tocaban alborozadas. “¡Despertad!”, parecían decir. Para los sacerdotes, nuestra apatía debe ser desesperante. No nos lanzamos en algaradas callejeras pidiendo apoyo para la Iglesia. La dejamos fuera de nuestras grandes pasiones, de nuestros arrebatos furibundos. Y es que, el señor Obispo lo sabe: Ser o no ser no es la cuestión. Obrar en cristiano, sí. Eso es lo importante. “Amaos los unos a los otros”. Con eso bastaría.
viernes, 19 de octubre de 2012
El sermón del cura era como hablar en el desierto.
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