viernes, 10 de enero de 2014

Servet y Galileo.

Litesofía –entre literatura y filosofía-, 10 Enero 2014, viernes

Murcia, las nueve, donde ayer. Ya tendré tiempo de cambiar. Aquí, con calor de brasero eléctrico, se está muy bien.
Por vez primera, lo confieso, abro mi Taco calendario del dos mil catorce. Veo, sin asombro, que llevamos andados diez días del año y que quedan trescientos cincuenta y cinco por andar. “Largo camino”, dirá el altanero diez, que lleva de pedestal o peana un Pensamiento de Larra: “Es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas”. Efectivamente, don Mariano.
Hoy celebran su Santo los que se llaman Nicanor, Guillermo, Aldo, Patronio y Domiciano.
Y nos cuenta la hoja, por detrás, que Miguel Servet descubrió la circulación de la sangre en el siglo XVI; pero sus coetáneos lo creyeron tan peligroso que lo ejecutaron en la hoguera.
-Algo parecido a lo que ocurrió a Galileo con sus descubrimientos siderales.
-Por suerte se salvaron unos libros y, casi cien años después, otro científico resucitó la idea de Servet: “La sangre circula por el cuerpo, y el corazón es el motor encargado de bombearla a través de las arterias”.
-¡Qué pena, Samuel, que estos descubridores no gozaran de sus hallazgos!

-Como les pasa a la legión de no nacidos por creer sus madres que no eran seres como los que llegaban a la meta. Ahí están esperando que el Señor los juzgue un día.
-¿Y de qué los va a juzgar? ¿Ellos qué se merecen de que los eliminaran en el camino?
-Son tantos que han formado una corporación, la mayor con diferencia, llamada de los no nacidos, para defender su causa.
-¿Y qué piden los pobres?
-Que los juzguen pronto, que si fueron creados para nacer y no alcanzaron su objetivo, no fue por ellos sino por la ignorancia de unos o la inquina de otros, que mejor no recordar. Seguro que Dios los tendrá en cuenta a la hora de repartir su Gloria. ¿Cómo va a dejar fuera a tantos seres que eran para nacer y alguien se lo impidió?

Unos que escuchaban exclamaron: “A mí me hicieron picadillo con escalpelos y bisturís cuando más confiado estaba, sin haber hecho nada para merecerlo.
-Y yo –dijo otro-, que celebraba mi próxima salida, cuando ya vislumbraba la luz al final del túnel, vienen unos desalmados y me trituran.
-A mí –terció otro- entraron a saco con hachas y sierras y del primer golpe me liquidaron.
-Y en el juicio, si lo hay, que no dudo que lo habrá, donde se pronuncien los “carreristas fallidos”, como se os llama, o los “hijos de madres sin piedad” como os llaman otros, ¿qué vais a pedir para vuestros asesinos?
Se sonrieron mirándose unos a otros, y respondieron:
-Lo tenemos bien pensado; estamos de acuerdo en pedir compasión por ellas. Al fin y al cabo son nuestras madres y las queremos como los que llegaron con vida al reino de los nacidos.
-Que sea pronto y favorable el juicio: No hay mal que por bien no venga.
Y se despidieron.
-¿Sabes una cosa, Samuel, que sí le encuentro parangón a la historia de los no nacidos con la de Servet y Galileo: Murieron unos y otros por ignorancia de los jueces que los juzgaron.


      Francisco Tomás Ortuño, Murcia