Litesofía, 2 noviembre 12
Sin duda que mi amigo añora los tiempos de su juventud. Como él muchos. La juventud se echa de menos siempre, cierto; pero es que, si fue tan
atractiva como mandar en campamentos y desfilar con boina roja y camisa azul,
se recuerda aún más si cabe.
Ayer me hablaba con calor de aquellos años. ¿Cómo no, amigo mío? El hombre no está preparado para ir cambiando de lugar, de profesión o ambiente.
Lo ideal es seguir donde se nace, donde se crece. Por eso, quizás –habría que
estudiarse mejor esta suposición-, antes se vivía con más sosiego, con menos
infartos y enfermedades nerviosas. Las prisas, los cambios constantes, nos
someten a tensiones difíciles de aguantar.
No es un vulgar cambio de chaqueta; más bien un difícil acoplamiento a la nueva
situación. Unos no sólo no han sucumbido con el hundimiento de su época y de su
ideario político, sino que han sabido destacar en la oposición. Otros no.
Recuerdan su pasado con nostalgia y no viven el presente. ¡Qué de recuerdos en
el desván de su memoria!
¿La vida manda en el hombre o al revés? Yo veo que los cambios sociales dependen de nosotros: sin hombres no habría vida social. Sin embargo, observo que nos vemos arrastrados por ese vendaval, que no sabemos
cómo nació pero que nos arrolla. Nos vemos envueltos en la barahúnda, y
sufrimos las consecuencias de situaciones que nos son ajenas.
Los niños viven bien lo nuevo –es lo suyo- y ni aceptan ni comprenden otro modo
de ser; pero los mayores, apenas si pueden con las formas que se presentan
nuevas. No es que lo vean mal, no; sino que no soportan el cambio, no pueden
adaptarse a situaciones tan diferentes. Los desborda. Hay personas que –quizás aparentemente- se hacen con la nueva
situación sin deterioro; pero los más, como mi amigo, se quedan en los
recuerdos de sus años mozos.