Litesofía –entre literatura y filosofía-, 22 febrero 2.013
Fragmentos
ENGOLADO
Las personas inteligentes tienen el sentido del humor muy desarrollado: Igual hablan por su engolado señor de palabras altisonantes cuando procede, que por el otro menos rimbombante cuando es necesario. Hablar siempre grave y solemne, es haber aniquilado al más simpático yo que todos tenemos.
FÓSFORO
La medicina avanza que es un primor. Es como un servicio de albañilería, fontanería, carpintería, electricidad, etc., superespecializado. La casa -nuestro cuerpo- envejece; llega un momento en que hay peligro de desplome. Acude al médico. Hay que mantenerlo; hay que apuntalar. "¿La vista?", lentes para ver mejor; "¿dientes?", piezas de repuesto; "¿sordera?", audífonos que amplifican el sonido; "¿calvicie?", trasplante de cabello: "¿arrugas?", cirugía estética; "¿agotamiento?", calcio; "¿amnesia?", fósforo; "¿amputaciones?", ortopedia; "¿pulmón que no va?” , trasplante…
Me recuerda a la mujer que en su noche de bodas, ya a solas con el marido, se desprende de un ojo postizo, que coloca en el armario; de los dientes, que pone en el armario; de la peluca, que lleva al armario; de una pierna, de un brazo. El hombre, que sigue atento el desguace, permanece inmóvil, sin articular palabra. Ya la mujer, encamada, le dice: "¿No te acuestas, querido?". Y él le responde: "Es que no sé dónde hacerlo, si en la cama o en el armario".
La medicina no devuelve la juventud, el vigor de los veinte años, la ilusión de la mocedad. Sólo apuntala, como en las casas viejas, con piezas de pacotilla.
DISTANTES
Los niños se buscan y juegan unos con otros. Los mayores vivimos cerca y lejos, con ellos pero aparte. El mundo de los niños está próximo y distante del nuestro. En otra órbita.
El niño recorre en pocos años la historia de la humanidad; el adulto ha llegado. Así que, entre un niño y un adulto hay siglos de distancia. Y esto a veces no se tiene en cuenta, y se trata al pequeño como si fuera mayor. Los padres, los maestros, los adultos en general, deben saber que los niños no comprenden sus problemas ni tienen por qué vivirlos.
Cuando observo que participan de nuestro sofisticado mundo de mayores, creo que se comete con ellos la mayor de las injusticias. Ellos deben obrar en niño, vivir en niño, ver cosas de niños y hacer cosas de niños. Pero, por abuso de autoridad o de fuerza, la sociedad está montada por mayores y a la medida de los mayores, y quiere que los pequeños vivan bien en él aunque no puedan.
Me imagino que a los hombres del paleolítico les hubiera ocurrido lo mismo si los transplantan a una gran ciudad de las nuestras. Aquellos rudos seres de piel y carne cruda, de cuevas y hachas de piedra, se hubieran asfixiado con nuestra avanzada tecnología. "Que aprendan pronto, que vivan más". Tremenda equivocación. "No por mucho madrugar, amanece más temprano", dice el refrán. Querer para los niños cosas de adultos es no comprenderlos y no quererlos. Al niño, juegos, lecturas, dichos y hechos de niños.
¿Qué piensan los niños?, ¿cómo piensan? Todos lo fuimos antes, pero pasó tan deprisa la edad, como un meteoro, que apenas lo recordamos. El adulto lleva una marcha lenta porque ha llegado; va al paso de la humanidad, lento paso de paquidermo, lento caminar de carreta. Pero el niño vuela, corre vertiginosamente. En pocos años recorre siglos de vida; a mil por segundo. ¿Cómo piensan los niños? ¿Cómo pueden pensar? ¿Puede darse mayor milagro? Su vida es un disparo, un pistoletazo hasta llegar arriba, con los mayores. Fisiológicamente, mentalmente. Un milagro cada niño en su desarrollo. Si pudiéramos entrar en ellos un instante, sería venerar por siempre sus vidas fugitivas.
Escribir para niños no es tarea fácil; mejor, empresa ardua y arriesgada. Llegar al niño con acierto, pura casualidad. El escritor se expone a pasarse o a no llegar con su disparo. Lo mejor, quizás, sea ofrecer, pura y simplemente mostrar como en un escaparate, donde él recoja lo que deba. Darle "porque es lo suyo" me parece demasiada presunción por nuestra parte.