miércoles, 24 de abril de 2013

Psicología.


Litesofía –entre literatura y filosofía-, 24 Abril 2.013
PSICOLOGIA
            Se echa de menos hoy en todos los ambientes una preparación seria para tratar con las personas. En una palabra, descuidamos la Psicología en los centros educativos, la ciencia del comportamiento humano.
Por qué se obra así en tales casos, por que se reacciona como lo hacemos, por qué no nos comprendemos mejor, por qué no escuchamos a los demás, por qué la agresividad, etc.
En la vida diaria, la relación personal es tensa, difícil. No sólo en las profesiones entre compañeros, sino en la calle y en el mismo hogar. Falta preparar a las personas en la ciencia del comportamiento.
El niño pequeño puede quedar traumatizado por un revés que a los mayores pasa inadvertido: El caso de los celos, por ejemplo; el mismo momento de nacer con luces, ruidos y golpes en la espalda, ¿no puede dejar marcado al niño para el resto de su vida?
La Psicología debe entrar en nuestras escuelas como asignatura obligada. Enseñar a comprendernos es fundamental. Saber reaccionar debidamente ante injurias es de extrema necesidad. La Psicología debe enseñarse en la escuela. No basta con saber matemáticas, historia y ciencias naturales: hace falta esa otra ciencia del comportamiento.
            Nuestras acciones obedecen a hechos concretos de nuestra psique. Un niño está triste porque el amigo le abandona por otro; en casa le gritan por verlo serio; el niño se encierra en su habitación; el padre le obliga a que salga; el niño grita. Esta puede ser una entre mil situaciones que se dan a diario en la sociedad en que nos movemos.
Si aprendiéramos de niños a actuar por las causas reales que motivan nuestras acciones, todo sería distinto. Hay que comprenderse, hay que estudiar Psicología. Se echa de menos esta asignatura en los centros educativos.      
                                              
Francisco Tomás Ortuño, Murcia

Nimiedades.


Litesofía –entre literatura y filosofía-, 23 Abril 2.013,  Día del Libro
NIMIEDADES
            Sigo leyendo a Azorín. Su prosa es delicada, de encaje. Cuenta cosas como un abuelo a su nieto. ¿Siempre sería así don José? Pienso que sí: las personas cambian poco. Azorín sería de pequeño tranquilo, introvertido, amante de la soledad. De joven lo mismo.
Yo lo adivino alto, delgado -cenceño diría él-, pausado, escribiendo pierna sobre pierna en un banco del jardín, o paseando solo, con un bastón en su mano, cortés siempre, educado.
La persona cambia poco con el tiempo. Es una unidad de ser y de  actuar cada persona. Podrá sufrir cambios de fortuna, profesionales, políticos o sociales, debidos a circunstancias del momento. Pero,  como fuera en su niñez, piensa y se gobierna de mayor.
            El libro “María Fontán” quiere tener argumento, pero es todo lo mismo: capítulos cortos, repetitivos, morosos. La vida de María Fontán es absurda, zonza que diría Azorín. Tiene poco sentido una vida tan vacía y al mismo tiempo tan llena de nimiedades. Una amiga, un amigo y un marido que fue marqués.
Las lecturas de Azorín no inquietan ni perturban. Otras más apasionadas, más vivaces, aceleran los pulsos. Baroja es de éstos: un mundo lleno de personas el suyo, con problemas, como una colmena que bordonea en tus oídos.
            El escritor se retrata en sus obras. Ortega, por ejemplo, es inquieto, suficiente, maestro, consciente de su clase superior. Azorín es educado, cortés, sencillo. Baroja, nervioso, desordenado, confuso, sin ley.
Francisco Tomás Ortuño, Murcia