domingo, 28 de octubre de 2012

Domingo, siete de la mañana -ayer las ocho-, noche cerrada todavía.



Litesofía, 28 Octubre 12

Domingo, siete de la mañana -ayer las ocho-, noche cerrada todavía. Me gusta madrugar. Ciertos hábitos yo creo que se transmiten. Mis hijos fueron también grandes madrugadores de pequeños. ¿Será que se copia lo que se ve hacer o que se hereda?

Cómo recuerdo mis madrugones cuando estudiaba en el Colegio de “San Francisco”. Había en mi habitación una mesa camilla con un flexo, junto a la ventana. Los ruidos de otros corrales, a veces, me parecían provenir de la bodega.

“Apaga pronto la luz”, se me decía. Yo cerraba la puerta y no hacía ruido para no despertar a nadie. Un día me levanté a las tres de la madrugada a ver la hora y ya no me acosté. Tenía que hacer unos problemas para la clase de matemáticas, con don Baldomero.

A uno de mis hijos le dije una vez si se había propuesto batir mi récord: Me acosté ya tarde y él estudiaba en su habitación; cuando me levanté, a las seis y media, seguía donde mismo. “¿Es que no te has acostado, hijo?”, le pregunté. Me miró sonriendo.