Ayer estuve en la consulta de don Luis. Don Luis es siempre el mismo: no cambia de una visita a otra, de un año a otro. “Hola, ¿qué tal?, siéntese”. Como la primera vez, los mismos gestos y las mismas palabras.
Don Luis es serio, educado, elegante. De estas personas que viven su profesión con tal intensidad que terminan adoptando unas maneras peculiares; como una máscara que estrenaron el día de iniciar la carrera y no se despojan de ella ni para andar por casa. Pienso que su mujer le dirá a veces: “Hombre, Luis, que estamos solos, deja de hablarme como médico”. Y él no sabrá.
Hay maestros a los que pasa lo mismo: a fuerza de tratar con niños, no saben luego hablar con adultos sino desde ese pedestal en que se colocan para explicar en la escuela. “Como muy bien dices…”. “Debes saber que…”, “Hijo, yo te aconsejo…”. No hay forma de hablar con el otro, que llevan escondido, perdido en alguna parte.
Debemos hablar, según las ocasiones, bien con el señor de palabras altisonantes, bien con el otro más informal. Hablar siempre lo mismo es como anular a nuestro más íntimo dueño, a nuestro más sincero “yo” que todos tenemos.
Francisco Tomás Ortuño, Murcia