Litesofía –entre literatura y filosofía-, 28 Mayo 2.013, San Emilio
SARA
Ahora que se habla tanto de abortos, me acuerdo de mi gata cuando tenía gatitos. No salía del leñero donde la poníamos con su cría. Los cachorrillos, blancos y negros, crecían por momentos. Ella, satisfecha, les dejaba mamar cuanto quisieran. No pasaba por cabeza humana que fuera a hacerles daño a sus hijos. Jugaba con ellos, les dejaba jugar entre sí, pero estaba pendiente siempre de que nadie les hiciera mal o de que alguien pudiera quitárselos. El instinto animal era tan fuerte como la inteligencia que le faltaba.
Sara no tenía un gato que mirara por ella. La pobre se tenía que valer por sí sola. Los gatos machos cumplían su función de engendrar y se perdían. Las hembras, con la semilla en el cuerpo, llevaban su cruz y su ventura sin compañía. Tenía que buscar sola su alimento, que estar sola en el parto, y hasta defender a sus crías cuando llegaban, de posibles depredadores. El padre no aparecía. Los gatos machos no son padres; sólo inseminadores circunstanciales, pero padres, como ellas madres, no lo son. Mi gata Sara engendraba nuevas vidas en solitario con sudores de muerte. Era su sino, por lo visto.
En la especie humana, el sentido de la maternidad es distinto. El hombre y la mujer se eligen con el oculto y recóndito deseo de crear vida. Ambos se sienten comprometidos en el largo peregrinaje de la procreación y educación de sus hijos. El varón procura a la mujer compañía, defensa y alimento entre otras atenciones. Ya no es "ahí te quedas y que tengas suerte". Es otra forma de obrar, de hacer, de ser padre, en suma. Comparte la maternidad.
En el mundo animal, el oficio de madre lo asume solo la hembra. Pero, en los seres humanos, el varón colabora de tal manera en criar a los hijos, que bien puede adquirir el título de segunda madre. Así que en los abortos que, por desgracia, se producen cada día, yo me pregunto: “Dónde están los padres que no defienden a sus hijos como les corresponde?”.
Francisco Tomás Ortuño, Murcia