Pensando
Estoy pensando en las parejas de hoy, Saturio. Dos se casan y tienen hijos. Con las mismas, se descasan y los hijos se reparten: “Estos para ti y este, que pesa más, para mí”. El padre descasado vuelve a casarse con madre descasada. La pareja emparejada tiene más hijos, y hasta el hijo del primer matrimonio, en las horas de trabajo de los padres, tiene un hijo con la hija de la segunda esposa. Si queda juventud, aún puede complicarse más la mescolanza familiar y se vuelve a los tiempos en que el fin primordial del matrimonio era la procreación indiscriminada.
Sigo pensando: “¿Qué relación hay entre los hijos de un padre con los de madres distintas? ¿Cómo debe llamarse a los hijos que nacen de varios padres? ¿Y si el hijo de su padre tuviera un hijo con la madre que entró a su casa para ocupar el puesto de la madre separada?
No me aclaro con este embrollo, barullo, enredo o jerigonza, Saturio. Con lo fácil que era antes, o después de los primeros tiempos paradisíacos. Quiero decir cuando dos se casaban para siempre y los hijos eran ni más ni menos que hermanos.
-Son los tiempos nuevos, Petronio. En la medicina, los primeros médicos eran “generales”: médicos para todo. Luego se fueron separando: del corazón, del hígado, de los huesos… En la enseñanza, lo mismo: de ser “maestros de niños” se pasó a ser de parvulitos unos, otros de primaria y otros de secundaria. Y en la abogacía, de resolver cualquier asunto se pasó a distinguir el tipo de problema, el género o la especie.
-Una de estas clases a resolver por los letrados fue la de uniones y desuniones en las parejas, y me temo que no de las más fáciles de resolver. Cada caso es más peliagudo que el anterior. ¿A quién dar la razón? ¿Cómo apaciguar los ánimos de fieras que quieren devorarse? Estos abogados, que se llaman matrimonialistas, se enfrentan a casos sin solución.
Francisco Tomás Ortuño, Murcia