Mi Cuento EL RIO se lo dedico a mi hijo Ángel-Inocencio TOMÁS PASTOR
EL RÍO
Cuando fue nombrado alcalde, don Eduardo se frotó las manos: al fin vería cumplido el sueño de su vida. “Van a saber lo que es bueno”, musitó; “van a ver de lo que soy capaz”, dijo bajo, sin poder impedir que alguien le oyera, y que se comentara después el críptico pensamiento.
La verdad es que nadie sabía a ciencia cierta cuáles eran las intenciones del nuevo alcalde de Cebolleda. Nadie imaginaba que Eduardo Ajo pensaba en el poder que le proporcionaría el río, que nacía en su término municipal; un río que regaba las tierras de su pueblo, las de Castrogón de Abajo y las de otros pueblos hasta llegar al mar.
Eduardo no quería a sus vecinos. Su antipatía se había manifestado en múltiples ocasiones. En competiciones deportivas, cada encuentro era una guerra, en la que insultos y hasta golpes menudeaban. Cada triunfo era para el contrario el peor castigo que podía sufrir. Cebolleda y Castrogón de Abajo, como pocos pueblos limítrofes, se guardaban ojeriza desde no se sabía cuántos años o siglos.
Por eso, Eduardo Ajo, cuando tomó la vara que le confería poder, musitó la frase enigmática de que “van a saber de lo que soy capaz”. Su pensamiento estaba puesto en el río y en sus vecinos de Castrogón. Cuántas veces, mirando sus aguas se había dicho: “¿Por qué dejar que nuestro río pase a otras tierras?; si yo pudiera impedirlo...” Y con esa idea llegaba al mismo nacimiento por el norte, y sentía, con la mansedad de sus aguas el ímpetu de sus sentimientos egoístas.
Fue pronto, en una sesión memorable, que expuso su plan tan largamente acariciado:
-Las aguas del río no deben cruzar “la frontera”; son nuestras, y toda la riqueza que generen debe quedar aquí; Castrogón de Abajo se queda sin agua como yo me llamo Eduardo.
Fue una declaración de guerra ante los atónitos ediles, que poco a poco fueron conociendo las intenciones del alcalde en toda su magnitud.
Críspulo Lechuga, padre de doce hijos varones y concejal del ayuntamiento, conectó enseguida con la idea del alcalde. Críspulo, era, además de concejal, amigo de Eduardo Ajo y compartía con él aficiones tales como la caza del jabalí y la pesca del barbo. Por eso, quizás, desde que expuso aquel lo de cortar el agua a los vecinos de Castrogón, estuvo a su lado en cuerpo y alma para lo que quisiera mandarle.
-Críspulo -le dijo Eduardo cuando estuvieron solos-, tú sabes como yo, que el río es nuestro y no de Castrogón.
-Sólo nuestro, Eduardo, sólo nuestro.
-Entonces, amigo Críspulo, manos a la obra; tú serás mi persona de confianza: luego te propondré para una tenencia de alcaldía.
Críspulo lloró emocionado y, agradecido, abrazó a su amigo, queriendo expresarle así su más leal adhesión.
-Vas a visitar las pedanías y a sugerir a los pedáneos la conveniencia de preparar enormes presas para almacenar agua. Ya sabes, Críspulo, con tacto y con sigilo para no levantar la caza; hay que desviar el río por arterias y recoger el agua sin que salga una gota fuera de Cebolleda. Que no se corra la voz. Cuando la red de pantanos esté preparada, la sorpresa será mayúscula.
-Comprendido, Eduardo, seré tu máximo colaborador en la empresa y por la salud de mis doce hijos que no lo sabrá ni mi mujer.
En poco tiempo Cebolleda se transformó: tremendos agujeros fueron cubriendo aquí y allá su superficie. Don Eduardo estaba orgulloso. Con su equipo de colaboradores –Críspulo a la cabeza- y la anuencia callada de los vecinos de Cebolleda, que al final supieron de las intenciones de su alcalde, las obras llegaban a su fin y se disponían al histórico acontecimiento, que quedaría en la memoria de los cebolledos como el más grande evento de todos los tiempos.
Los ingenieros que habían dirigido los trabajos, se reunieron con la primera autoridad local a certificar que las obras estaban dispuestas para el programado desvío de las aguas.
-Sería conveniente -manifestó don Gonzalo Ciruelo, ingeniero jefe- que se fueran llenando las presas escalonadamente, empezando por las más próximas al manantial.
Todos estuvieron de acuerdo con don Gonzalo: se empezaría por el pantano A1, a cien metros escasos del nacimiento, por el paraje denominado La Rinconada, lugar muy bello entre montes cubiertos de pinos.
El éxito fue clamoroso. Fuera de Cebolleda nadie sospechó que el río había dejado parte de sus aguas en uno de los pantanos más atrevidos por su capacidad. A la semana siguiente, y con el mismo protocolo, el pueblo de Cebolleda, asistió alborozado al embalse del segundo pantano, no menos monumental que el primero y a sólo dos kilómetros del mismo.
Cuentan las crónicas de Cebolleda que el ayuntamiento celebraba fiestas con motivo de los sucesivos desvíos de las aguas. Y que a las tales celebraciones se sumaban los vecinos, que iban como en romería. Y que fue aquella una época esplendorosa, ilusionada. Y ¿por qué no decirlo?, una época de avivar rencores, sabiendo que el final era, de una vez por todas, humillar a sus vecinos. Deseo innoble, poco generoso, pero que ellos lo justificaban, para tranquilidad de sus conciencias diciendo que “antes es Dios que los santos”.
El cauce del río cambió totalmente: de una línea más o menos sinuosa se transformó en un laberinto de ramificaciones. A derecha e izquierda, todo eran ramales que llevaban a la presa de turno. Y de esta suerte, Cebolleda cambió su faz, y el río fue dejando de serlo conforme se acercaba a los límites con Castrogón. Las aguas se repartían sibilinamente por las obras de hormigón que se habían preparado al efecto y nada quedaba ya para sus vecinos.
Tan orgulloso se sintió don Eduardo el alcalde, cuando vio que había conseguido domeñar el río, apresarlo en sus dominios, que pensó levantar un muro en el límite de los dos pueblos. “Hasta aquí y ni un paso más” se dijo. Y así, una mañana apareció la pared desafiante cortando el cauce e impidiendo que el agua sobrante, como un delgado hilo, siguiera su curso. Una pared que era una provocación, un desafío manifiesto. Ya no podían ocultarlo. El agua era para ellos y por si no quedaba claro, la enorme valla lo rubricaba.
Don Rosendo, alcalde de Castrogón, venía observando con creciente preocupación, que las aguas del río menguaban escandalosamente. Un día manifestó sus aprensiones a los ediles y pueblo en general:
-El río cada vez trae menos agua.
-Para mí que es obra de los vecinos de arriba –dijo Mauricio Antoñanzas, primer teniente de alcalde-: algo traman los de Cebolleda.
Mas cuando vieron que el río se cortó de raíz y que una pared de tres metros se levantaba en el cauce, ya pensaron lo peor.
-Tenemos que saber lo que se proponen –dijo por fin don Rosendo en una asamblea memorable-: irá una comisión a hablar con el alcalde de Cebolleda.
La entrevista resultó un fracaso. No sólo don Eduardo y los concejales desoyeron a los comisionados sino que, para hacerles saber que no estaban dispuestos a rectificar, continuaron el parapeto que habían empezado a derecha e izquierda, por el límite de sus tierras. Hicieron una gran fortificación, como una muralla colosal, que los aisló del resto de los humanos. “El agua es nuestra y quedará toda dentro de nuestro territorio”, exclamaba cada vez más soberbio don Eduardo, refiriéndose a la petición de sus vecinos de Castrogón.
-Hemos emulado a los chinos, los más grandes constructores de murallas que registra la historia de la humanidad.
-¡Viva nuestro alcalde! –gritó Críspulo.
-Éste es un momento histórico para cebolleda –siguió don Eduardo.
-¡Viva! –dijo Críspulo otra vez.
-¡Viva! –repitieron sus acompañantes.
Jamás se había conocido en Cebolleda otra época más atractiva. Pero fue corta. Los habitantes de Cebolleda tuvieron pronto agua de sobra para sus riegos y hasta para sufrir inundaciones, que los puso con cuidado. El río seguía manando agua una vez llenos los pantanos.
-Regad sin tasa, que agua nos sobra –pedía el alcalde en manifiestos dirigidos a los pedáneos-. Regad, regad, hasta que las tierras se sacien.
Pero todos sabían que el agua les sobraba, que las tierras no admitían más riegos y que los embalses estaban a rebosar.
Los pantanos se desbordaron y el río no dejaba de bajar agua. Los embalses cubrieron superficies enormes. No sólo en un paraje o en dos de Cebolleda; era prácticamente en todo el término. Por muchas zonas ya no se podía pasar porque estaban anegados.
-¡Socorro! Fue la voz de Cipriano, el pedáneo de Cabrales-, ¡socorro! barcas aquí, que nos ahogamos.
Los habitantes de Calabazar fueron más expeditivos: viendo que las aguas amenazaban con inundar sus propias viviendas, de común acuerdo, abrieron un boquete en la muralla por donde el agua pudiera discurrir. No pidieron permiso a la autoridad porque comprendieron que del tal agujero o rebosadero dependía su supervivencia.
Lo mismo hicieron los habitantes de Sabinar, como los de Madroñera y otros menos próximos. El paredón poco a poco fue cayendo demolido por los mismos que antes lo levantaron.
Las aguas fueron bajando altura y cuentan las crónicas que el alcalde se volvió loco cuando alguien le informó del desacato a su autoridad por sus mismos subordinados. Quiso comprobar por su cuenta si era cierta la denuncia, y con Cipriano y otros concejales partió sin avisar de sus intenciones. Cuando vio que era cierto lo que, confidencialmente le dijeron, llamó a los responsables y los cesó fulminantemente de sus cargos. Luego mandó tapar de nuevo los agujeros por donde se iba el agua, y él mismo ayudaba en las peligrosas tareas como el más eficiente de los albañiles.
Como eran ya muchos los sitios abiertos para que el lago en que se había convertido Cebolleda se desangrara, don Eduardo iba de acá para allá, como un pirotécnico, acompañado siempre de sus más fieles servidores y ordenando tapar los boquetes por donde la fortificación estaba quebrantada. “El agua es nuestra”, repetía como un obseso. “El río no sale de Cebolleda como yo me llamo Eduardo”. Y corría de un paraje a otro diametralmente opuesto, donde le decían que la muralla estaba abierta.
La actitud del alcalde empezó a preocupar seriamente a los habitantes de Cebolleda. No podían ver que las aguas crecieran en altura, que los embalses se desbordaran y que el pueblo quedara convertido en un mar por la avaricia de un hombre, por muy alcalde que fuera. Fue Martín Chirimoya, uno de los pedáneos cesados, quien inició la campaña contra la labor aberrante de don Eduardo.
-No podemos obedecer a un loco –dijo sin miedo en un círculo de amigos.
La voz de Martín cundió como la pólvora y en una asamblea multitudinaria, que tuvo lugar precisamente en la plaza del ayuntamiento, Martín Chirimoya acusó al alcalde de necio, de egoísta y de loco. Cuantos antes aclamaron a don Eduardo, ahora lo consideraron un traidor y un peligro para seguir dirigiendo a su pueblo. Ahora fue Martín el héroe, el que debía librarlos de los males que habían sobrevenido con don Eduardo y sus concejales.
-¡Fuera! –fue el grito que más se escuchó en la asamblea.
Y en tromba, la multitud asaltó el ayuntamiento y tomó sus dependencias.
Cuentan que don Eduardo no estaba en su despacho. Nadie supo dónde se encontraba. Pero se dice que un buen amigo suyo, siquiatra, lo tenía recluido en su clínica para tratarlo de una enfermedad mental que se le agudizó últimamente y no le permitía seguir en sus tareas de gobierno.
Martín Chirimoya, al no encontrar resistencia, fue nombrado alcalde por el pueblo, y sin saber cómo, se convirtió a todos los efectos en el nuevo presidente municipal de Cebolleda. No era una forma muy ortodoxa de acceder al cargo, pero él pensaba que ¿quién mejor para nombrarle que la voluntad de su pueblo? Y sin más, se apropió del despacho del anterior alcalde y empezó a dar edictos conminatorios para que fueran cumplidos sin pérdida de tiempo. El primero de todos fue que destruyeran el bastión que habían levantado alrededor del pueblo de Cebolleda y que convertía el lugar en un peligroso estanque que amenazaba con la vida de sus moradores.
El decreto de Martín Chirimoya fue cumplimentado sin dilación. En menos que se tardó en levantarlo fue destruido el baluarte, volviendo pronto las aguas a discurrir por donde fueron siempre. El río volvió a ser río, las aguas traspasaron los límites de Cebolleda y los ánimos se calmaron.
Dicen las crónicas que el malhadado o desventurado don Eduardo recuperó la razón como don Quijote, y que no sólo confesó sus males anteriores sino que quiso devolver el daño que había ocasionado a sus vecinos; y que, en penitencia, fue descalzo a un pequeño monasterio que se alzaba en unos montes próximos y allí terminó sus días vistiendo un sayal de franciscano.
FIN
Francisco Tomás Ortuño
Doctor por la Universidad de Murcia