jueves, 6 de junio de 2013

Complejo de madre.

Litesofía –entre literatura y filosofía-, 6 Junio 2.013
COMPLEJO DE MADRE
            Mamá prescinde de papá. Me explico: si hay que ir al pueblo, el hijo la lleva. Es lo que ha hecho hoy. Es lo que hizo ayer. Es, digámoslo claro, lo que haría siempre, si pudiera. A mamá con sus hijos le basta. Parece que no tiene importancia la cosa, pero encierra una verdad profunda: primero los hijos, después los demás. El marido es algo accidental en la vida de la mujer, el instrumento para tener a sus hijos. Una vez cumplida su misión, pierde protagonismo, incluso interés. Creo que hasta estorba. En el subconsciente de la madre, el marido queda como posible rival en el amor de su descendencia.
Muy complejo, pero es así. Con los hijos, la madre impide encontrar a su pareja libremente. Me refiero a los complejos que la Psicología bautizó con los nombres de Edipo, Electra o Caín. En los animales, normalmente, el padre se pierde. Como en las personas no ocurre así, sino que se mantiene cerca, la madre se pregunta: "¿Y tú que pintas aquí?". Esa es la cuestión. La religión resuelve el conflicto: "Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre", "Juntos hasta la muerte", "Una sola carne, un solo espíritu". Pero la verdad desnuda se impone: La madre quiere ser ella sola; no tolera al padre, no lo admite. Este sería otro complejo que a Freud pasó inadvertido. La madre no acepta que nadie se interponga entre ambos. A la nuera o al yerno los abomina. Y menos que otro quiera robarle su exclusividad ante los hijos.
            No sé con qué frecuencia habrá en los matrimonios problemas derivados del amor materno; pero quiero creer que más de lo que nos figuramos. La naturaleza dispone de mecanismos sutiles para el himeneo. La mujer atrae al varón con fuerza irresistible; sus estrógenos trabajan de lo lindo para atraer al macho; y éste, con su carga hormonal, no puede resistirse. Hasta aquí todo natural, como en el mundo de los animales. Pero luego, la pasión amorosa se traslada al fruto que le nace de la pasión ciega. Y ya empieza el conflicto.
¿Tú has visto una clueca con sus polluelos? Es el ejemplo más representativo que encuentro ahora mismo. A picotazos espanta a quien se acerque. Amor exclusivo, único. Ni padres, ni primos, ni vecinos. La madre sola cubriendo con sus alas a los pollitos. Por más que la iglesia haya dicho: "Para lo bueno y para lo malo, juntos hasta la muerte", no lo acepta. Se quiere convencer a sí misma de que no debe actuar así, de que el padre es como ella, de que son uno los dos, de que Dios no acepta su exclusivismo. Pero no puede. Es superior a todo razonamiento.
Al menor descuido, salta como una fiera que viera en peligro su prole. No lo puede remediar. "Te acepto pero no te pases", es la fórmula a la que llega. "Te admito pero no quieras anularme". "Tu ahí, pero callado". No sé cuántos matrimonios tendrán este conflicto como espada de Damocles o como bomba a punto de estallar, aunque pienso que muchísimos más de los que cualquiera se imagina. Cuántos quizás se verán afectados y lo achacarán a otros motivos.
            Si los padres se sienten en el deber de enseñar a los hijos cuando la diferencia cultural con la esposa es ostensible, cuando tienen idearios diferentes y hasta opuestos en la educación, la guerra está servida. La madre no sólo odia al padre como suplantador, sino que defiende a los hijos de su nefasta injerencia en el mundo de las ideas. Aunque la apariencia sea de paz, la guerra es volcánica.
            Otro caso: La madre cree que la enseñanza natural es la más conveniente para los hijos, pero el padre no lo ve así.
            Otro caso: La madre quiere bautizar al hijo y el padre piensa que debe hacerlo cuando sea mayor.
            Otro caso: La madre es bilingüe y habla al hijo en dos idiomas desde que nace su hijo; el padre cree que esto le perjudica.
            Otro caso: La madre deja al hijo en manos de nodrizas para ir a trabajar; y el padre piensa que debe quedarse en casa y no dejar al hijo en otras manos.
            Otro caso: La abuela besa mucho al niño y los padres están uno a favor y otro en contra de tal actitud.
            Así hasta la saciedad.

            No es infrecuente que los hijos, en justa correspondencia, no quieran irse de con la madre, o no encuentren a quien pueda sustituirla. Ello es, sin duda, consecuencia del complejo que llamo de madre. La madre que se excede en su celo de amor -todas las madres lo padecen, pero hay grados-, puede proporcionar males irreparables a su prole. Cuando a pesar de querer impedirlo por todos los medios, no lo consigue y el hijo se desprende de ella y se aleja, ella no lo soporta. Su odio a la mujer que la apartó del hijo amado es inmenso, profundo. Esa mujer, a la que prefirió el hijo, es su mortal enemigo de por vida. De aquí que "suegra y nuera no quepan en una era".

Francisco Tomás Ortuño, Murcia