jueves, 18 de abril de 2013

Ortega


         191      ORTEGA
            Ortega para mí es un intelectual nato, vasto, profundo. Su mirada inquieta, inquisitiva, penetra en cuanto ve. Es una linterna en la oscuridad. Mirada perspicaz y penetrante la suya. No se contenta con describir sino que analiza su presa como en un quirófano y penetra en los intersticios de su urdimbre como el mejor cirujano. Su campo de acción es amplísimo: igual una obra de arte, que un hecho científico, que un acontecimiento histórico. Conoce el italiano, el latín, el griego, el francés, el alemán. ¿Qué no puede una mente así?
            Leer a Ortega es esperar a cada paso la disquisición sabia y oportuna; es estar embobado delante del maestro; es salir del tema principal y recorrer calles mágicas, encantadoras, para volver después; es ir a su lado y no querer soltarle, porque cuanto dice, cuanto muestra, es atractivo. Su obra, cualquiera de ellas, se compone de muchas obras. No se limita a un tema longitudinal. Su camino lo hace sumamente atractivo y vario, como las ramas de un árbol frondoso.
            Cuando se comienza un libro de Ortega ya no se deja; y menos se saltan hojas o frases sin leer. Su encanto está ahí, en seguir palabra a palabra, cuanto dice; porque todo lo ofrece con tal claridad, con tal galanura, que hipnotiza.