INSTANTANEAS
El paso de "La última cena de Jesús con los apóstoles", en la procesión del Viernes Santo, me hace recordar el mercado de mi pueblo. Los martes en Jumilla marcan hitos en las vacaciones estivales. Cada martes, mi visita al mercado con el coche es obligada. Una, dos, tres, diez veces y el verano fuera. Permanecer dentro del coche viendo a la gente que entra y sale, mientras que mi mujer hace la compra, es una fiesta para mí. Cómo se retratan todos y cada uno delante de mi coche, en una instantánea rápida y fugaz, en un revuelo de colmena. La gente, atolondrada, discurre presurosa por mi lado sin reparar en mí. Con avidez la observo, la analizo, la estudio profundamente. Después de varios martes, termino por conocerlos y hasta por saber cómo se comportan: "Este espera, como yo, a su mujer", "este viene sólo por melones", "aquél sólo mira la mercancía, pero no compra nada". Es curioso comprobar que las personas se comportan siempre igual en el mercado: Hay mujeres que gustan de pararse con la primera conocida que ve; las hay que muestran orgullosas lo que han comprado; las hay que llevan a una chiquilla para que lleve el carrito; las hay que compran mucho y las hay que compran poco.
El mercado es la despensa del pueblo. De cada casa viene un emisario por su ración. Suele ser la mujer la encargada de este menester. Hortalizas, carnes, pescados, quesos y demás, se reparten desigualmente según economías familiares. Con qué premura acuden las mujeres a la compra y con qué satisfacción se marchan.
Saber cómo se ha surtido la despensa común es también interesante. Es un milagro que las personas se movilicen tan temprano para tener dispuesto el mercado cada mañana. ¿Quién trajo el pescado y de dónde?, ¿quién prepara las carnes y cómo?, ¿de dónde vinieron frutas tan exquisitas? Bello espectáculo el que ofrece el mercado cada martes a quien mira más allá de lo que ve.
Cada martes, la plaza del mercado es igual que la sociedad convulsa. Como un panal de abejas son las personas que acuden por su ración alimentaria. Unas van y otras vuelven; unas entran y otras salen; direcciones opuestas; encuentros inesperados. Pronto la paz renace, la fluidez retorna, el discurrir presuroso cesa. La plaza se disuelve en un mar de silencios.
Hermosa estampa la que ofrece cada martes el mercado. Yo quisiera que en los pueblos cada día fuera martes, y que cada familia tuviera en abundancia su ración asegurada. Yo quisiera que en el mundo, todos tuvieran esa ración asegurada de alimento. Que sin excepción, hubiera siempre ese mercado bien abastecido donde cada cual pudiera encontrar lo necesario para subsistir.
¿Qué ocurre en algunas ciudades -puntos negros en la geografía- donde no hay que llevar a casa?, ¿donde el hambre es norma para la mayoría?, ¿qué ocurre en ciertos países que no conocen lo que es un mercado?
La gran familia humana. Todos debemos ser como una gran familia. Ni blancos ni negros ni amarillos. Todos hijos de la misma tierra, hermanos del mismo sol. Todos uno mismo. En tanto no haya sólo una familia y una mesa, el hombre no habrá alcanzado su plenitud. Hay que llegar a esa gran mesa común, en la que todos encontremos esa ración indispensable para subsistir. El mercado es una fiesta cada martes; pero hace pensar que ni todos van a él ni todos se llevan lo mismo.
Francisco Tomás Ortuño, Murcia