Litesofía –entre literatura y filosofía, 1 diciembre 2.013
Para mis “Diálogos con Benedicto XVI”
Santana de Jumilla, las diez, en el salón. Día “horríbilis” fuera, que aquí, con brasero, que se lo digan a mi gata Sara, que encima de la mesa camilla duerme boca arriba lo larga que es.
Mamá y yo cogimos ayer la oliva de cuatro oliveras; hoy, tras el desayuno, queríamos seguir, pero el viento no nos deja. Oí un refrán en la tele, creo que al hombre del tiempo, que dice: “La oliva, en noviembre, debe estar cogida”, o algo así. Por eso las prisas. Pero tendrá que esperar. Además, que son en total doce oliveras y dos, por lo que sea, no han dado aceituna ni para muestra.
-¿La lleváis a una almazara?
-Eso haremos cuando la cojamos; no toda, que siempre quedará alguna en el árbol. Se esconden entre las hojas y cuando repasas siempre ves más; crees que ya no quedan, vuelves y ves de nuevo. Es curioso.
Leí en el libro de Agricultura de Magisterio, hace ya muchos años, que la oliva se recogía de dos maneras: a ordeño y a vareo. Igual han inventado otras formas nuevas de hacerlo. A ordeño es coger la aceituna a mano, como hemos hecho nosotros, que se van echando en un capazo. Como tienen un peciolo largo, a veces se cogen racimos con cuatro o cinco olivas a la vez. Si se hace la operación con las dos manos, parece que ordeñas una vaca. ¿Vendrá el nombre de la recogida por el parecido? A vareo es dando golpes a las ramas del olivo con una vara. La oliva entonces cae al suelo, donde se han colocado antes esteras.
-Pobres árboles. Cuando llega el tiempo de la recogida, se dirán unos a otros: “A ver si tenemos suerte este año y no nos cogen a varazo limpio, como si hubiéramos hecho algo malo”. Pero, ya digo, a lo mejor han inventado otro modo de coger la oliva. Que ahora vendimian con máquinas, y fíjate lo que será cortar racimos de uvas sin el hocete tradicional.
-A todo llega el progreso humano: calculadoras, ordenadores, móvil…, y en el campo los tractores para labrar y las máquinas para recoger las cosechas. No me extrañaría que en el olivar haya otra forma de recoger la aceituna. Sobre todo por el vareo, que sin merecerse nada, se castigue a las olivas de ese modo.
-Confidencialmente, te lo voy a decir, Benedicto: Muchas olivas tienen gusano dentro.
-¿Cómo? ¿Qué me dices?
-Sí, sí, hay plagas de bichos que viven chupando sus jugos. Como el fruto no puede defenderse, “aquí estoy para lo que quieras hacerme”.
-Pero, entonces, ¿qué aceite queda para la almazara?
-A muchas llegan gusanos en vez de olivas, no se lo digas a nadie, Benedicto. Allí fue Troya. Allí mueren Sansón y los filñisteos. Claro que buena parte de la cosecha va al mercado para su venta. Por eso yo prefiero ir al Mercado de Verónicas, que tengo enfrente de casa, y comprar un kilo de gordas aceitunas, que esas se libraron de los palos y de los bichos chupópteros. Por lo que la suerte de la oliva es no haber nacido, no haber sido pudiendo ser, porque el viento se llevó la flor antes de devenir en fruto.
-No seas catastrofista: no valoras la vida, Francisco.
-Es que nacer para que vengan los gusanos a comerte en vida y no poder salir corriendo…
-Todos no tienen esa mala suerte.
-Y a los que tienen suerte, que vengan a cogerte con una vara hasta despegarte de las ubres de su madre…
-Puedes librarte de la vara y ser una mano delicada la que te arranque del árbol.
-Y te lleve al molino a triturarte entre piedras para que te salga la sangre…
-No todas, no todas, que otras van al mercado.
-Pero a muchas antes les sacan los huesos, una tortura.
-No a todas, que muchas quedan enteras.
-Con suerte en las aduanas, el final es siempre triturarte entre los dientes de una boca ansiosa por devorarte. Poco más o menos, como todos los seres que vienen al mundo: nacen para sufrir y en el mejor de los casos para acabar muriendo, siendo pasto de los gusanos.
-No desbarres, Francisco: el hombre tiene alma y nace para gozar del Cielo.
Francisco Tomás Ortuño, Murcia