Litesofía –entre literatura y filosofía-, 11 febrero 2.014
Santana de Jumilla, las ocho de la mañana. El molino de viento que tengo en mi terraza no ha cesado de girar en toda la noche. Desde la cama lo oigo como oiría don Quijote los suyos en su cabeza. Así, sin más, cumple con su papel de decirme el tiempo que hace fuera, en cuanto al viento se refiere.
¿Qué hacen los barcos submarinos con el periscopio? “¡Viento a estribor!”. Los coches llevan también un termómetro que marca la temperatura; “Fuera, cinco grados”. Pues mi molino, con el ruido que producen sus aspas, me dice cómo de revuelto anda el temporal. Y hasta con qué velocidad lo hace. Por su intensidad, en la quietud de la noche, sé si el viento es de diez kilómetros por hora o si es de cien.
El fontanero estuvo a rematar la faena que llevaba entre manos. Luego volverá con la factura. Quizás me pregunte si el pago lo quiero con IVA o sin IVA. El Gobierno se queja de no recibir cuanto debiera, porque hay empresas y trabajadores particulares que no lo declaran: No añaden el impuesto del valor añadido en sus trabajos.
Me recuerda otros tiempos de la enseñanza en los Colegios cuando yo participaba. Había Permanencias o Clases de repaso a los niños que lo solicitaban. Estas Permanencias eran voluntarias y los alumnos pagaban al maestro una cantidad. El Ministerio y Gobierno .en general aceptaba este trabajo extra para alivio del maestro por su escasa retribución.
El Director del Centro se llevaba el diez por ciento de lo cobrado por Permanencias sin haber intervenido en las mismas. Los maestros pagaban religiosamente su parte porque así lo mandaba la Ley, pero me figuro que lo harían con dolor de corazón y si podían meterían en sus listas menos alumnos de la cuenta. “Se han quedado este mes dieciocho niños por cincuenta pesetas cada uno hacen novecientas pesetas. El diez por ciento, noventa, para el Director. Y luego eran veinticinco niños.
Si me pregunta el fontanero que con IVA o sin IVA la factura, no sabré qué decirle. Si fueran mis impuestos y los miles como los míos a generar empleo o a dar de comer al hambriento, a mí, como a los miles que lo pensaran, ni les pasaba por la cabeza; pero viendo lo que vemos todos los días por los medios, dan ganas de exclamar: “¡Sin impuestos añadidos!”.
Cuando ves que los gobernantes cobran sueltos astronómicos y no permiten rebajarlos; cuando ves a los Sindicalistas de pro que se quedan con el dinero que reciben para enseñar a los trabajadores; cuando ves a los banqueros que dicen orgullosos que este año han superado las ganancias en cientos de millones; cuando ves lo que se cuece en la Comunidad Europea y la codicia de sus dirigentes; cuando ves tantas cosas injustas por el mundo, te sientes tentado a decir al fontanero: “¡Sin IVA, por favor!”.
Francisco Tomás Ortuño, Murcia