lunes, 28 de octubre de 2013

Lotería.

Litesofía –entre literatura y filosofía-, 28 Octubre 2.013

-Murcia, lunes, día espléndido por donde lo mires. ¿Pensarán lo mismo algunos andaluces que yo me sé? La jueza Aido tiene la vista puesta en los negocios turbios que se cocieron por estas tierras durante años, y no deja de imputar a gentes que amasaron grandes fortunas.

Con este introito o prefacio, me pregunto: “¿Vale la pena ser rico robando?”. El amante de lo ajeno sufre dos males a la vez: La conciencia no lo deja reposar, sabiendo que ha despojado a otros de lo que les pertenecía, y, quizás, con el expolio ha dejado a una familia en la pobreza más severa. Y, por otro lado, ¿podrá dormir en paz sabiendo que la Justicia lo busca? Será un sinvivir, una tensión constante, pensar que lo puedan coger en cualquier momento y en cualquier lugar. Vale más ser pobre sin miedos ni temores, que  rico de otra forma.

¿Y si te toca la Lotería, Aurelio?

-Pienso que tampoco: Te pueden raptar a un hijo, te puedes dar al juego y a la bebida… Yo en su día escribí un Cuento sobre este tema, que titulé: “El cuponazo”, A una familia humilde, trabajadora, feliz en su escasez, la Lotería los cambió a peor: al padre le dio por jugar en los casinos; la madre, con amistades nuevas, conoció ambientes comprometidos; el hijo cayó en la droga. Un desastre.

Hasta que al borde de peligrar la nave, el padre tuvo una revelación, y en un arrebato valiente, reunió a la familia para decirle: “¡Ha sido nuestra perdición!; vivíamos felices y el premio nos quitó la dicha que  teníamos. Voy a dar el dinero del premio a la Iglesia para que lo reparta a los pobres”.

Otro caso, este real, fue el de un amigo de mis hijos. La Primitiva dejó a sus padres muchos millones de pesetas, que repartieron entre los hijos. Julio, que así se llamaba nuestro joven. aficionado a los deportes, se puso en manos de un socio para abrir un macroclub donde aprendieran a manejar la moto, la bicicleta y otros medios competitivos. En menos de un año se vio involucrado en juicios con su socio, con bancos y con abogados.

Como no sabía desenvolverse en estos ambientes, sin saber cómo, se encontró tan apurado que a punto estuvo de acabar en la cárcel, y sin un duro.. Nos confesó un día a mi familia que el premio fue para él una experiencia triste y amarga que no quisiera repetir.


Francisco Tomás Ortuño, Murcia