jueves, 6 de diciembre de 2012

En nuestros días, el médico de cabecera va desapareciendo.


LITESOFÍA –entre literatura y filosofía-,  6 diciembre 2012
             PACIENTES
            En nuestros días, el médico de cabecera va desapareciendo. Con él se marcha toda una institución, una época: el tiempo de la medicina humanizada. Quizás menos científica, menos técnica que la actual, pero más personal y entrañable.
El médico escuchaba al enfermo y departía con él como amigo. Le hacía hablar de sus gustos y sentirse persona. Le hacía confiar en su pronta curación. Eran curas psicológicas las suyas, de sugestión si quieres, pero efectivas.
Ahora se ve al paciente como algo impersonal; se estudia objetivamente el mal que padece y se trata sin apenas fijarse en la persona que lo sufre. Se deja a un lado al sujeto del mal, con todos sus sentimientos –deseos, súplicas, temores-, que son para él lo más importante del mundo.
            Creo que el médico actual, aparte su ciencia nueva, efectiva, de aparatos, ha de ser humano con el enfermo. Si le inspira confianza y le hace sentir optimismo, habrá conseguido un buen tanto por ciento de la curación. El médico debe ser padre y amigo del enfermo, que le habla y le infunde confianza.