Litesofía –entre “lite” y “filo”, 21 DIC. 12
Este Cuento, que obtuvo el Primer Premio en un Concurso Nacional de Narrativa, se lo dedico a mi primogénito Francisco-Amós TomáS Pastor.
EL VAMPIRO
Ocurrió en un pueblo de Andrómeda Lucia, llamado Grigento. Pueblo grande pero tranquilo, despreocupado, hasta que apareció el vampiro.
Las autoridades locales se reunían con frecuencia, más a comentar sucesos que a resolver problemas. Ayuntamiento sin graves preocupaciones: sobre la marcha atendía las necesidades perentorias de luz, agua, alcantarillado, trabajo, enseñanza. Ediles felices y seguros, hasta que surgió el vampiro.
Había en el pueblo un cuartel con pocas unidades de guardias a las órdenes de un sargento. Poco trabajo: la gente era pacífica; y en los campos, casi despoblados, no había robos ni otros desafueros.
Había en Grigento, asimismo, una escuela para niños de primaria y un instituto. Tres maestros para niños pequeños de primaria y cinco profesores para su instituto de bachillerato.
El instituto “Don Pelayo” tenía fama de ser uno de los mejores de Andrómeda Lucia. Sus profesores eran tenidos por sabios en sus respectivas materias de enseñanza.
Sobresalía en esta general fama y aprecio don Bladimiro, profesor de física, de quien se hacían lenguas padres y compañeros de otros institutos.
El profesor de griego, don Pantos para todos, aunque su verdadero nombre era Vitrubio, permanecía soltero, como don Bladimiro. Ambos, de vez en cuando, iban juntos en sus paseos vespertinos.
Decir que don Vitrubio, o don Pantos, era un sabio en lenguas clásicas o que don Bladimiro era un Einstein redivivo de la física, no significaba que doña Baltasara –Sara para los alumnos- fuera menos en lingüística. Doña Baltasara se hacía comprender como pocos en las escabrosas teorías de Saussure y de Chomsky y era querida y respetada por sus alumnos. Se decía que suspendió a su propio hijo dos veces, haciéndole perder un año en sus estudios. Había más anécdotas que dejaban bien alto el nombre de doña Baltasara como mujer honrada en el desempeño de su trabajo.
Lo mismo podría contarse de los otros dos profesores. Pero no es el caso de extenderse con la vida y obras de los habitantes de Grigento, en el valle pirenaico de Camambrú.
Todo transcurría, como queda dicho, sin sobresaltos hasta que se habló por vez primera del vampiro.
Alguien dijo que había visto por los alrededores del pueblo, a su vuelta de un largo viaje, un ser raro, espeluznante, que tenía alas y corría a grandes zancadas a la luz de la luna, desapareciendo entre los árboles de un caserío.
En un principio se pensó que era una broma. Pero cuando otros dijeron lo mismo, los vecinos de Grigento se intranquilizaron. Con reservas al principio y abiertamente después, se habló del vampiro –como todos le llamaron- en el ayuntamiento, en el cuartel y en todo el pueblo.
El caso se hubiera olvidado si no es porque un día, cuando las aguas regresaban a su cauce, apareció muerta una anciana que vivía sola, en su propia casa, destrozada, como atacada por un animal salvaje.
El pueblo de Grigento, de Andrómeda Lucia, despertando de un largo sopor de siglos, salió noche tras noche en busca de la bestia que sembraba el pánico entre sus habitantes.
Todo resultaba infructuoso. Nadie veía el menor rastro de animal por los alrededores. Armados de palos y escopetas, los hombres de Grigento, siempre en grupos, recorrían cada noche sus viviendas sin dar con la señal que indujera a la menor sospecha.
Un mes había pasado del sangriento suceso, cuando alguien, otro vecino respetado, dijo haber visto a lo lejos como una sombra o monstruo con alas, que se agitaba veloz a la luz de la luna.
Los vecinos de Grigento no podían dormir. Su miedo alcanzó cotas de pánico. Niños y mujeres se encerraban temprano y sufrían pesadillas con vampiros atacándoles.
La segunda víctima fue una niña de diez años.
Nadie se explicaba cómo pudo entrar por la ventana de un cuarto piso. O tuvo que escalar por la pared o bajar dos plantas desde una terraza con evidente riesgo de caer al vacío.
¿Qué clase de monstruo era éste, que mataba por matar y no dejaba rastro de su paso más que la víctima de turno destrozada? Los habitantes de Grigento, en pie de guerra, buscaban sin descanso al fantasma asesino. El asedio fue terrible.
Hasta que una noche de luna, como siempre que se había visto o cometido algún asesinato, un grupo de hombres armados tocó un silbato repetidas veces, que era la señal de alerta a los demás. El cerco se fue estrechando en derredor de unas casas semiderruidas, abandonadas, en las afueras del pueblo. Un bulto grande, como un pájaro extraño, fue retrocediendo, asustado ante la masa enorme que le cerraba el paso. En un rincón dejóse caer sin oponer resistencia. La avalancha se le vino encima, pero fue inútil: no acometía, ni siquiera trataba de defenderse. Como un animal muerto se dejó prender y conducir.
Cuando se supo que era don Bladimiro, el profesor de física del instituto Don Pelayo, la gente quedó aturdida, sin poder reaccionar. Para unos era imposible; para los más una broma o un error. Pero las pruebas fueron contundentes. No había duda. Don Bladimiro se vestía de tal guisa, merodeaba por los alrededores en noches de luna y de vez en vez cometía su terrible crimen.
El fiscal pidió la pena máxima por sus horrendas matanzas. Los padres y familiares de las víctimas, lo mismo. Pero Restituto, su abogado, se opuso rotundamente con planteamientos nuevos que chocaron a sus colegas y al propio juez. Don Restituto partió de que su defendido no era ningún homicida, porque estaba loco. Y para probarlo pidió que se aplazara el juicio, a lo que accedió el juez.
Restituto visitó a su amigo Ciro, joven valor de la medicina, que había descubierto un componente en la sangre que alteraba la personalidad con imprevistos comportamientos posteriores.
Los dos amigos habían comentado últimamente este descubrimiento, que el médico guardaba en secreto. Eran ambos inquietos y un tanto revolucionarios en sus profesiones, y discutían los terribles resultados anteriores en el campo de la medicina y del derecho, no habiendo tenido en cuenta ciertas verdades irrefutables.
Ciro podía demostrar que una hormona desconocida hasta la fecha, pero que él había logrado separar y observar en el laboratorio, era la causante de ciertos cambios de personalidad. Una glándula, productora de esta hormona, hacía que algunas personas reaccionaran con violencia, con agresividad inusitada, en determinados momentos de su vida.
Restituto rogó a su amigo que hiciera público su descubrimiento. Y Ciro accedió tras unos días de intensos preparativos.
Visitó al físico y habló con él. Era don Bladimiro amable, tranquilo, educado, que en nada hacía pensar que fuera el asesino nocturno de otros días.
Ciro le dijo que quería ayudarle como médico y como amigo. Que trabajaba hacía tiempo con un tipo determinado de enfermos y que había descubierto algo que podía aplicarse en el terreno de la justicia.
Como esperaba don Ciro, el profesor le confesó que se transformaba en otro sin poder evitarlo. Que algo le impulsaba al crimen sin remisión posible.
-¿Recuerda luego lo que hizo en tal estado?
-Sí, lo recuerdo; pero también recuerdo que mis impulsos eran impropios de una persona en su sano juicio.
-Entonces, ¿se declara inocente de sus crímenes?
-Totalmente, doctor: en esos momentos mi enajenación es total.
Cuando se reanudó el juicio, el local estaba lleno de público. El suceso había despertado la curiosidad de propios y extraños. Había en la sala médicos y abogados ávidos por conocer tanto el veredicto como los argumentos que se esgrimieran. No era un caso más en el juzgado sino el juicio más sensacional de todos los tiempos en la historia de Andrómeda Lucia.
Cuando llegó su turno, Restituto explicó con aplomo que don Bladimiro actuaba ciertas noches impulsado por una fuerza interior incontenible que le hacía inocente de sus actos.
La prueba la aportó don Ciro, el médico, que explicó a la concurrencia su descubrimiento hormonal y los efectos en las personas. Científicamente estaba comprobado que estos enfermos no eran culpables de sus actos, no eran conscientes de los mismos, y la justicia, por tanto, había cometido antes muchos errores condenando a tales enfermos.
Don Ciro convenció; pero el juez pidió que se probara tal aserto.
El juicio tuvo que ser aplazado de nuevo.
Las hormonas de la ira las llevaba don Ciro en un tubo pequeño, vigiladas y custodiadas, como el cura las formas sagradas que lleva a los enfermos.
Llegado que fue su turno, pidió inyectar con ellas al primer voluntario que se ofreciera. Por estar más cerca y por no despertar sospechas, don Ciro pidió al propio fiscal que se sometiera a la prueba. En el brazo izquierdo le introdujo como un milímetro cúbico de líquido con una aguja hipodérmica.
Un silencio absoluto seguía la operación. El juez desde su estrado miraba a los presentes. Los médicos no perdían un movimiento del experimento. Se escuchaban las respiraciones. ¿Qué pasaría a continuación?
El fiscal se puso rojo, sus ojos se desencajaron y se desfiguró visiblemente. De pronto, en el mayor silencio, comenzó a gritar como una fiera.
El pánico cundió y muchos se levantaron para salir. La policía acudió a reducirlo cuando se lanzó contra el juez con agilidad felina. Cuando hubo pasado, a los pocos instantes, el efecto de la hormona inyectada, todo volvió a la anterior normalidad.
-Esa hormona fue obtenida de don Bladimiro en un momento de locura –dijo don Ciro-. Me acompañaron en el experimento don Hipócrates, aquí presente, con su equipo de trabajo, de la universidad de Yale, y don Paz, jefe del servicio internacional de Justicia, residente en California, y que ha venido ex profeso de América a comprobar el resultado de la prueba.
Don Bladimiro fue declarado inocente, pero estuvo vigilado como productor habitual de la hormona de la ira, para ser encerrado cuando se presentaran los primeros síntomas de locura.
Desde aquel día, inolvidable en Grigento y en Andrómeda Lucia, la historia de la medicina se apuntó un nuevo tanto con el descubrimiento de don Ciro, y el derecho penal tuvo que corregir algunos de sus artículos.
FIN