Litesofía –entre literatura y filosofía-, 3 Abril 2.013
IMPOTENCIA
El conejo se resistía a morir, y yo golpe que te pego en su cabeza. Hasta que, por fin, sucumbió. Lo compramos a la vecina, y ya saltaba el pobre protestando de su venta, de cambiarlo de dueño sin más. Como un toro bravo, como un potro salvaje, se comportaba cuando lo metí en el coche. Sus ojos, muy abiertos, miraban airados, llorando de rabia su impotencia.
Cuando lo cogí de las patas para sacrificarlo, su indignación subió de punto, y en qué me vi para reducirlo. No había forma. Levantaba la cabeza, se retorcía. No había visto un animal que más se resistiera a morir. El golpe que le apliqué en la nuca con el puño cerrado fue mortal de necesidad. Aun así y todo, se removía enfurecido, creo que ya muerto, durante bastante rato.
Ya no quiero matar otro animal. ¿Por qué este abuso de fuerza con seres que no se pueden defender? Es inhumano. Con la lidia de los toros, la escena se repite. La bestia brama dolorida, con ojos suplicantes, hasta morir.
La muerte del cerdo era una fiesta en las casas. El cuento del burro que envidiaba su suerte hasta que lo vio morir, me hizo meditar ya de pequeño. Que unos matarifes entraran por la noche a sacarlo de su sueño para acuchillarlo, me horrorizaba.
En el hombre nada justifica que mate. En el caso de ciertos animales, tecnificar su muerte para que no sufra, es lo menos que cabe hacer. Lo de matar, como yo este verano, a porrazo limpio, hiere la más basta, grosera y burda sensibilidad. Me avergonzaré de mí mismo por esta acción toda mi vida.
Francisco Tomás Ortuño, Murcia