Litesofía, 23 Octubre 12
La visita a un Museo es siempre gratificante. Y más si es un Museo de
Bellas Artes: lugar regio, majestuoso, serio, pletórico de cuadros
notables. En los Museos se respira de otro modo. En ellos se siente el
arte, aunque uno sea profano en la materia.
Estuve en una estancia donde había colgados del techo cientos de
cuadros por restaurar. El sistema era ingenioso y práctico: rieles
paralelos de donde penden cuadros como hojas de libros para ser
observados. Incontables. Para estar viendo cuadros años enteros.
Los Museos, como este de Murcia, deben tener restauradores fijos.
¿Cómo es posible que se amontonen tantas obras sin nadie que las
atienda? Cada pintura requiere un tratamiento distinto: unas que
cuarteadas, otras con agujeros, otras que exigen limpieza o un barniz
protector. Es obligación de autoridades y pueblo en general velar por
este patrimonio cultural que ha recibido.
Un Museo es como una biblioteca. Cada libro es el amigo amable
dispuesto a contarnos algo, a enseñarnos, sin nada a cambio, cuando
mejor nos venga. “Ya me he cansado, te dejo donde estabas”. Y él,
agradecido siempre, como perro faldero, sonríe y agradece la atención.
En el Museo ocurre lo mismo: cada cuadro es como un libro. Nos dice
del arte de su autor, de los inefables gozos del artista; nos habla de
una época, de un estilo. Cada obra es, por decirlo de algún modo, como
un nacimiento que se ofreció de por vida a ser contemplada, rogando
que la cuiden para servir a más personas de recreo.