domingo, 3 de noviembre de 2013

Azar.

Litesofía –entre literatura y filosofía-, 2 Noviembre 2.13
Azar 
Anoche estuve leyendo la novela “De la vida y de la muerte”, de Zunzunegui, autor vasco que nació con el siglo XX. Su prosa es fácil de digerir, cuidada. Creo que excesivamente cuidada. No es del estilo de Baroja, suelta y rápida, de casi no releer lo que escribe por falta de tiempo.
Leer por leer, sin saber de donde procede la lectura, es tener un estómago poco delicado. Es como comer sin mirar lo que se lleva a la boca. Lo primero es conocer al autor: época, tendencia, libros publicados, etc.; y luego, decididos, saborear lo que nos cuenta y sacar nuestras propias conclusiones.
Cuando un libro nos atrae hasta el final, cuando nos hace pensar y hasta ser mejores, el libro es maravilloso. Cuando deseamos pasar hojas por acabar pronto y no nos enteramos del mensaje, el hastío nos invade y el desprecio por los libros nos acomete.
Los buenos escritores, más que de una época son de todo tiempo, y lo que dicen puede aplicarse a toda la humanidad. Son clásicas sus obras. ¿Surgen siempre estas obras por la madurez del autor o son como ese fruto casual que nace cuando nadie lo espera, ni el mismo que lo escribe?
Creo que las obras geniales se deben un poco -¿bastante?- al azar. Un relámpago, un fuego, una chispa, una locura… pueden alumbrar, cuando menos se espera, el parto que han soñado siempre.

                                                                                  Francisco Tomás Ortuño,  Murcia

Hablar en público.

Litesofía –entre literatura y filosofía-, 1 Noviembre 2.013 Día de Todos los Santos 

Hablar tranquilo, sereno, ante un público, es una cualidad admirable. A un paisano mío lo nombraron Presidente del Casino. En el acto de posesión, se dirigió a los presentes y a las pocas palabras se cortó. La gente lo miraba preocupada por su largo silencio. Lo que hizo a continuación fue quizás lo más prudente, pero rayano en el ridículo: sacó un papel del bolsillo y comenzó a leer, repitiendo las palabras que llevaba dichas.
En la escuela, el niño debe hablar delante de los compañeros y participar en coloquios dirigidos por el profesor. Hay que enseñar a hablar, a dirigirse al público sin miedo. ¡Cuántas veces el temor al ridículo inhibe y deja sin decirse lo que debiera! En reuniones, algunos no abren la boca –la mayoría silenciosa-, y no porque no tengan algo que decir, sino por miedo. Un miedo cerval que impide moverse y abrir la boca. Hay que enseñar desde niños a hablar en público.
En el libro “¿Cómo ganar amigos?” de Dale Carnegie, se cuenta que un médico fue con el equipo de fútbol a un homenaje. Le pidieron hablar y no pudo. El miedo se lo impidió. Luego pensó en lo sucedido y estudió la forma de vencer su timidez, llegando a destacar  como orador. Hay que hablar delante de la gente para perder el miedo. El niño en la escuela debe  aprender a dialogar y a exponer una idea con orden y con firmeza. Quien sabe discutir, aun sin tener razón, gana en la polémica.


                                                                                  Francisco Tomás Ortuño,  Murcia