Litesofía –entre literatura y filosofía-, 1 Noviembre 2.013 Día de Todos los Santos
Hablar tranquilo, sereno, ante un público, es una cualidad admirable. A un paisano mío lo nombraron Presidente del Casino. En el acto de posesión, se dirigió a los presentes y a las pocas palabras se cortó. La gente lo miraba preocupada por su largo silencio. Lo que hizo a continuación fue quizás lo más prudente, pero rayano en el ridículo: sacó un papel del bolsillo y comenzó a leer, repitiendo las palabras que llevaba dichas.
En la escuela, el niño debe hablar delante de los compañeros y participar en coloquios dirigidos por el profesor. Hay que enseñar a hablar, a dirigirse al público sin miedo. ¡Cuántas veces el temor al ridículo inhibe y deja sin decirse lo que debiera! En reuniones, algunos no abren la boca –la mayoría silenciosa-, y no porque no tengan algo que decir, sino por miedo. Un miedo cerval que impide moverse y abrir la boca. Hay que enseñar desde niños a hablar en público.
En el libro “¿Cómo ganar amigos?” de Dale Carnegie, se cuenta que un médico fue con el equipo de fútbol a un homenaje. Le pidieron hablar y no pudo. El miedo se lo impidió. Luego pensó en lo sucedido y estudió la forma de vencer su timidez, llegando a destacar como orador. Hay que hablar delante de la gente para perder el miedo. El niño en la escuela debe aprender a dialogar y a exponer una idea con orden y con firmeza. Quien sabe discutir, aun sin tener razón, gana en la polémica.
Francisco Tomás Ortuño, Murcia
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