Litesofía –entre literatura y filosofía-, 27 mayo 2.013
DAUDET
Estoy leyendo un libro que mi hija me compró un día allende la frontera pirenaica, "Lettres de mon moulin", de Alfonso Daudet, célebre novelista francés como bien sabes, del siglo XIX.
Daudet nació en Nimes, y pronto fue a París, donde, por lo visto, pasó más hambre que el perro de un ciego, que suele decirse. La necesidad le hizo aguzar el ingenio y escribir novelas y cuentos que fueron muy celebrados. Disfrutó en vida de fama, cosa que no todos consiguen, así como de placeres sin cuento. A su muerte fue muy llorado, y su nombre quedó en la historia como personaje de leyenda.
La pregunta que yo me hago es si Daudet hubiera escrito sus obras si no hubiera pasado necesidad. ¿Fue su ingenio o fue el hambre quien le llevó a crear sus dramas inmortales? ¿O acaso los dos? Porque sin talento no hubiera escrito, y sin necesidad tal vez se hubiera abandonado. ¿O fue el Destino quien hizo que se unieran ingenio y necesidad para escribir sus libros?
¿Tuvo algún mérito Daudet? Que esa es otra. ¿Fue propiamente el creador de sus cuentos, de sus historias, o fue más bien el instrumento de que se valió el Destino para dejarnos sus obras? Puestas así las cosas, llego al más radical de los fatalismos. Todos los escritores darían lo que estuviera en sus manos por encontrar motivos interesantes que narrar.
Cervantes encontró a su personaje aventurero; Daudet tropezó con un molino abandonado desde el que escribió sus famosas cartas. -Ce sont les lapins qui ont été étonnés... Depuis si longtemps qu'ils voyaient la porte fermée, les murs..." Creo sinceramente que el que escribe topa un día con su tema, asunto o argumento inmortal. Como el estudioso de la Física que un día descubre una ley que le hace famoso.
El escritor es algo así como el cazador o el pescador. Provisto de rifle y cartuchos o de caña y anzuelo, deportivamente, sin desesperos, cuando menos se cata salta una buena pieza... si ha de saltar. Si no es de saltar, ni con anzuelo de oro, ni con escopeta de platino y piedras preciosas incrustadas. Si el escritor es corto de ingenio, vivirá soñando con piezas de alto calado en sus pescas o cacerías, pero lo más seguro es que no conciba nada fulgurante que lo sobrepase en el tiempo.
Francisco Tomás Ortuño, Murcia