Litesofía, 8 julio 12, jueves.
La familia se dispersa pero no se rompe, si hemos inculcado en los hijos, desde muy pequeños, principios de sana ética. Escribo sin convicción lo que precede. ¿Los principios que se inculcan a los niños, determinan su manera de ser luego? La familia se dispersa, pero no se rompe, independientemente de las ideas que hayamos metido en las cabezas de nuestros hijos. La sangre tiene tanta fuerza que por siempre el hijo vuelve a los padres, como el bumerán.
¿Quiénes forman la familia? Hijos y padres, la cosa es clara. Los demás escapan a ese clan o núcleo familiar irrompible. Quiero decir que los hijos y los padres son uno mismo, y se quieren aunque no quieran, y se buscan sin pretenderlo, y se necesitan. Son una misma cosa: nos duele el hijo y a éste le duelen sus padres. Es una vida que ha brotado de ellos y que ha sido moldeada por unas manos y unas voces, que lo marcaron para siempre.
En las dehesas hay reses marcadas. Son propias. En las personas la marca es más profunda, indeleble. El hijo es de sus padres quiera o no quiera; y donde esté, de por vida se acordará de ellos. Es su impronta, su marca, que reclama su origen, su manantial.
¿Será que la vida es el segundo de venir al mundo? ¿Será que el resto de la existencia depende de ese momento de ver la luz? No pienso tanto, pero cada vez me inclino más por los trascendentales momentos de los comienzos para ser de una u otra forma. El idioma se ordena en el cerebro ya; como el lenguaje los demás aspectos de la persona. Somos, pues, fruto de los comienzos de la vida, de los primeros días. Nuestra existencia será conforme a ese comienzo virginal.