viernes, 27 de junio de 2014

El barranco.

Litesofía –entre literatura y filosofía-, 27 junio 2014
Fragmento
Murcia, las siete y media, en mi estudio o camarín. Raso el cielo, pájaros a mogollón cerca.
-¿Serán vencejos o golondrinas, Valerio?
-Por la fecha serán vencejos, Julián, pájaros de unos dos decímetros desde el pico a la cola, con alas largas y puntiagudas; plumaje blanco en la garganta y negro en el resto del cuerpo. Es ave de temporada en España, se alimenta de insectos y anida en los aleros de los tejados.
-Gracias por la información. De todas formas, se parece a la golondrina.
-“No me pidas, Cristina, -nadar más veces; -para nadar, Cristina, -ya está los peces. –Ni me pidas volar –como las aves; para volar, los pájaros, –como bien sabes. –Tú pídeme, Cristina, -correr en tierra firme –como las liebres, etc., etc., escribí  hace unos días.
-¿Cómo llevas la víspera, Julián?
-Preocupado, Valerio, preocupado, que veo que el tiempo vuela: mañana son ya ochenta y uno; ¿qué se puede esperar de tantos años sino caer al precipicio cuando menos lo esperes? Somos como los coches: “Va bien”, decimos; pero si tiene quince años, ¿qué puedes esperar de él? Cualquier día se para y te deja en la carretera. Con las personas lo mismo: “Me encuentro bien”; pero el día menos pensado, te da un vahído y te caes al suelo. 
Mi madre, que por lo visto se preocupaba por estas cosas -¿y quién no?- solía repetir: “El joven puede morir, pero el viejo no puede vivir”. Es una regla sin excepción, Valerio. Nadie ha logrado superarla. Un poco antes, un poco después, pero todos llegan al precipicio y caen: pobres, ricos, reyes, papas…
-Como Rubalcaba, el político.
-Como Rubalcaba y como el Rey Juan Carlos o como el papa Benedicto. Surgimos de pronto, hacemos nuestro papel, cortito siempre, y llegamos al despeñadero.
-Allí nos espera Dios para empezar otra vida. Mira, hoy celebra la Iglesia el Sagrado Corazón de Jesús, para recordarnos que Dios es Amor y que no debemos temer al barranco que tú decías.
-Siempre se teme, Valerio, porque no se sabe cómo será de grande la caída.

                             Francisco Tomás Ortuño, Murcia