Litesofía –entre literatura y filosofía-, 22 febrero 2014
Fragmento
…
-El gran problema que tenemos en España, Damián, es el paro: miles y millones de personas sin tener a dónde ir a trabajar.
-Es que si las minas no dan carbón, Modesto, ¿qué hacen los mineros picando en ellas?; si una empresa no produce como antes, ¿tendrá que reducir plantilla?; Si con máquinas se obtienen mejores resultados y a menor coste, ¿qué puede hacerse sino despedir obreros?
-Ese es el gran problema nacional, Damián, que no hay trabajo.
-¿Y qué puede hacerse con tantos parados?
-Hay que buscar una solución que no sea buscar trabajo donde no lo hay. ¿Cómo va a dar trabajo a gruistas una empresa, si no hay obras que pidan las grúas? ¿Cómo va a dar trabajo una empresa a quienes se ocupaban en examinar la calidad de los materiales en las obras, si no hay quien construya una casa o simplemente haga un remiendo? ¿Cómo va a dar trabajo a un pintor, si no no hay nada que pintar? ¿Cómo…? Lo que hay que ver es cómo ocupar a los parados en otras necesidades.
-Verdaderamente las máquinas, Damián, fueron una revolución: de pronto aparecieron y ocuparon puestos de trabajo que antes ocupaban los hombres.
-Vamos a ver, ¿cómo siguen trabajando los hombres por no dejarlos sin trabajo donde no hacen falta? ¿Se va a prescindir de las máquinas si hacen en menos tiempo y mejor lo que antes hacían los hombres? Lo sensato será sentarse a dialogar en una mesa y ver lo que procede sin que haya perjuicio para nadie. Si antes había un campanero en cada iglesia y ahora una máquina lo sustituye, ¿qué se puede hacer con el campanero sino darle otra ocupación en la iglesia para que siga con el sueldo?
-De sacristán, por ejemplo.
-Los Bancos creo que fueron los primeros en tener que reducir plantillas, porque las calculadoras rompieron moldes y sobraba personal. ¿Quién podía competir con los ordenadores nuevos? Nadie se explicaba que una máquina hiciera cuentas con tal rapidez ni que se llevara un libro con su Debe y su Haber por cada cliente; pero el hecho es que estaba allí, aunque no lo creyeran. Había que despedir a empleados.
-¿Y cómo lo resolvieron, Damián?
-Los fueron jubilando con edades impensadas antes: a los cincuenta a sus casas. En las demás empresas se podía hacer lo mismo: a jubilarse pronto y a dejar puestos libres a los jóvenes.
-¿Y si aún así sobraba gente?
-Pues que se bajara a los cuarenta, Modesto, la edad de la jubilación. El caso era reducir el paro. Los tiempos nuevos demandan medidas nuevas. Y donde no se pueda, a desdoblar. Me refiero a la enseñanza por ejemplo: un profesor de mañana y otro de tarde.
-A lo mejor, Damián, así faltaba gente.
-Yo tendría en mente lo que haría un padre en su casa con familia numerosa. Lo último sería dar trabajo a la mitad y la otra mitad que no comiera. Sería más lógico y natural repartir entre todos lo que hubiera en tiempos de bonanza como en tiempos de penuria.
Francisco Tomás Ortuño, Murcia