Litesofía –entre literatura y filosofía-, 23 febrero 13, San Policarpo
A mi hija Lina Mª TOMÁS PASTOR, DOCTORA EN PEDAGOGÍA
ESCUELAS
Yo no sé hasta qué punto habrá sido bueno que la escuela dejara de ser la escuela que tuvimos siempre: Maestro y niños. Maestro que enseña y niños que aprenden y se relacionan con otros niños. No parece ya escuela; parece más un instituto, con tantos profesores y tantas aulas.
Al niño no hay que dar lo que nos parezca sino lo que corresponde a sus pocos años. Hay que volver a la escuela con calor de escuela, donde el maestro es sólo maestro y el niño sólo niño de escuela. Luego vendrán otras exigencias y otras obligaciones.
La escuela para enseñar las materias instrumentales, para que el niño conviva con otros niños, para que aprenda de todo, sin exámenes ni distinciones. La escuela debe volver a ser escuela. Maestro y niños. Maestro de todo y niños de todos. Comunidad viva. Luego vendrá el instituto con varias aulas, varios profesores y aparatos sofisticados.
Cuando se pensó que haciendo tres escuelas de otras tres próximas, y poniendo en una a los mayores, en otra a los medianos y en la tercera a los pequeños, empezó a romperse. Tuvo que ser un listillo el que pensara: "¡Eureka!, ¡ya está!, ¿cómo no se ha visto antes?".
Primero fue separar a los niños por edades; luego por conocimientos; después por inteligencias; más tarde por combinaciones de unos y otros. Ya estaba la escuela convencional rota. "Mejor Colegios con muchas aulas y muchos profesores. Aquí los niños de cuatro años, aquí los de cinco, en esta los de seis, los de siete...".
"Vamos a colocar aquí a los niños de nivel mental normal, aquí a los que no dan la talla, aquí a los listos". "Pero, ¿qué ocurre que no funciona tampoco?”. Enseguida se rompe la igualdad conseguida".
Habla otro: "Tiene que haber muchos controles y suspender a quien no consiga superar las pruebas. Esto es: promocionar. Esa es la palabra. Hay que promocionar a los que superen los controles con sus pruebas correspondientes. Los demás a repetir”.
Y los sabios, alrededor de una mesa grande, con humeantes cafés, piensan en su contribución sin igual a la ciencia, mientras que los niños van de aquí para allá, cargados de libros, sin comprender a qué van a la escuela ni qué significa lo que oyen de enseñanza, deberes, evaluaciones, promociones, repeticiones y gaitas.
La escuela tiene que volver atrás y ser otra vez un lugar ameno, con color y calor de niños, con amor y pura simplicidad.