Litesofía –entre literatura y filosofía-, 31 Enero 2.013
LA BARBA
Fragmento
En una ocasión me dejé la barba. Era verano. Los primeros días no salía de casa, temiendo que me vieran los amigos. En sus comienzos no parecía barba; más bien desidia.
En tal estado de incipiente crecimiento, tuve que ir a renovar mi carnet de conducir. El médico que me atendía me dijo bromeando:
-¿Se está dejando usted la barba?
-¿A usted qué le parece? -le respondí riendo.
-Pues que debe afeitarse: le sienta peor que a un Cristo dos pistolas -terminó.
Lo del Cristo me hizo gracia; lo comenté en casa. Sentí deseos de claudicar, pero proseguí con la broma. Por la noche, tropecé con unos compañeros.
-¿Es barba? -me dijeron incrédulos.
Me limité a sonreír.
En Cartagena, cuando me vio mi hija, que pasaba unos días con sus tíos, llegar a la piscina, donde se bañaba con su prima Ana, fue rotunda, sincera:
-¡Qué feo estás, papá! Luego me pidió riendo que no me afeitara.
Mi sobrino Mariano, por su parte, dijo que parecía un chatarrero. Y el padre de Marisol, que no me conocía, viéndome subir por la escalera, se me quedó mirando; por fin se atrevió:
-Qué, maestro, ¿de la siega?
-Sí -le respondí-, buena siega este año por la Mancha. Mi sombrero, gafas oscuras, un pañuelo al cuello y barba de ocho días no eran para menos.
Luego mi barba fue otra cosa. En su momento busqué modelos de barbas en libros. Di con Larra, del siglo XIX. "Ésta es mi barba", pensé. Mi mujer me la arregló. Salí a la terraza de casa; mi hijo Miguel se mondaba de risa, viendo la nueva forma que había tomado. Sólo por ese rato de sana alegría, valió la pena tenerla. Mi barba siguió en pie, más crecida, más cuidada y más despreocupada de la gente.
Observé las reacciones que producía mi barba en los demás. Era curioso: me trataban con más deferencia, con más atención, con más respeto. Y las mujeres con más interés. Sin duda, psicológicamente, merecía un estudio aparte mi barba.