jueves, 3 de enero de 2013

En una ocasión escribí lo que sucedió a una pareja de enamorados.


Litesofía, 31 julio 12
Fragmento
…
En una ocasión escribí lo que sucedió a una pareja de enamorados. Se
querían tanto el uno al otro y viceversa que acordaron volver al año
justo de morir, el que lo hiciera primero. Se titulaba el Cuento
“Hasta la muerte” y está publicado en mi libro “Historias de un año
especial”, página 353.
Él murió primero y al año justo, como habían prometido, Flavia sintió
que alguien la visitaba. Notó un leve revuelo de gasas en la ventana,
el movimiento tenue del aire en la habitación y un vaivén apenas
perceptible de la mecedora.
Y como en sueño, vio dibujarse, sentado frente a ella, la figura
incorpórea de su esposo.
-Amor mío -exclamó ella.
Se miraron largamente sin hablar. Ella con arrobo de esposa amante y
él con la dulzura de los bienaventurados.
Cuando abrieron la puerta, alarmados por el silencio, sólo encontraron
el cuerpo sin vida de Flavia, vestida de novia, con una sonrisa dulce
dibujada en su rostro sereno.

Francisco Tomás Ortuño

-He oído, Ramón, que muchos que esperan órganos podrán salvarse.


Litesofía, 1 Agosto 12
Fragmento
-He oído, Ramón, que muchos que esperan órganos podrán salvarse.
-Esa noticia es muy buena, ¿y cómo será?
-Cada muerto dará sus órganos a vivos que lo necesiten.
-Eso ya se hace, Ramón, que pocos quedan tan egoístas que los
incineren o que manden que no se los quiten, como si fueran a
servirles de algo en la tumba.
-Pero en la mayoría de los casos eran rechazados:
-Un riñón, por favor, que me muero.
-Has tenido suerte, Simeón, que ha habido un accidente esta noche con
dos “salvavidas”.
-¿Y eran jóvenes?
-De veinte años; no hay mal que por bien no venga.
-Pues rápido, que la máquina que me mantiene no puede más: funciona al
diez por ciento de sus posibilidades.
-Después vendrá la prueba del posible rechazo, que todos no aceptan el
órgano cedido. Y eso lo debes comprender: ¿Tú sabes el cuento de la
Cenicienta? El zapato no venía bien a todos los pies.
-Déjate de cuentos y corre por esos riñones, que me muero.
Y cuando, por fin, llega la ambulancia con los riñones bien cuidados
en cajas frigoríficas, ven desconsolados que el zapato no le viene.
-¿Y qué me quieres decir con eso, Ramón?
-Que ahora, por fin, han conseguido unos médicos dar con la tecla.
-¿Qué tecla? Háblame en castellano, que para hablar en latín ya está
el cura de San Bartolomé con su Misa preconciliar; que mira que decir
la Misa de espaldas a los fieles y en una lengua que nadie entiende,
salvo mi amigo Paco Bombín y pocos más…
-Escucha: los órganos de los muertos se limpian de toda impureza que
pueda ser motivo de rechazo; los lavan hasta que no queda en ellos
sino unos órganos nuevos, sin estrenar, y luego se impregnan con
células del que va a recibirlo para que vayan haciéndose amigos, para
que se vayan conociendo, ¿me sigues?
-¿Como el que echa sal a un jamón?
-Algo así, como el que espolvorea azafrán en el arroz cuando se está
cociendo en la sartén.
-¿Y…?
-Y luego se hace el implante. Los rechazos desaparecen. Se les engaña.
Es como decir: “Sigue funcionando, que tu amo resucita; venga,
valiente, que tú puedes”. Y él vuelve a funcionar como en sus mejores
tiempos. Y el enfermo deja su diálisis y abandona la máquina.
-Eso es fantástico, Humberto, ¿y lo mismo da que sea un riñón, un
hígado o el corazón?
-Lo mismo, Ramón, igual.
-Hay que ver qué cosas, ¡quién nos lo iba a decir! Fue pasar el siglo
veinte y todo se disparó.
-¿Qué se disparó, Humberto?
-Es una metáfora. El siglo veinte fue de pruebas y el veintiuno de ejecuciones.
-Me das miedo entre disparos y ejecuciones.
-No temas que es bueno lo que digo; lástima que no podamos ver en qué
termina la película. Cómo me gustaría nacer ahora, Simeón, como mis
nietos Gabriel, Isabel, Pablo, Jaime, Francisco, Raquel, Lina, Laura,
Ana, Sofía, Fran, Alba y Miguel Ángel; cuántas cosas verán que
nosotros no podremos ver. Fue cambiar el milenio y todo fue distinto:
la moneda, el móvil, la fotografía, el internet… y ahora los
trasplantes de órganos a la carta. Quién pudiera empezar ahora y no
estar acabando, que el internet y sus posibilidades no han hecho más
que dar la cara.
-¿Cómo has pasado la noche en España, hijo?
-Bien, papá, ¿y vosotros ahí, en Canadá?
-Muéstrame a tus hijas por el skype.
-¡No quiero irme, Julián, no quiero!

Francisco Tomás Ortuño