miércoles, 12 de marzo de 2014

Cultura.

Litesofía –entre literatura y filosofía-, 12 Marzo 2.014

Murcia, miércoles, San Maximiliano en el santoral, Zacarías.
-El lunes pasado fue San Cayo, Raimundo. ¿Por qué “San Cayo” es con y griega y “me callo” es con elle? ¿Por qué “cayó” del verbo caer se escribe con “y” y “calló” del verbo callar es con elle? ¡Qué cosas tiene la lengua!
-Así se puede entender un texto que diga: “Cayo se calló como un muerto cuando se cayó del árbol”, Zacarías.
-¿Y no diría lo mismo siendo: “Callo se cayó cuando se calló por la escalera?”.
-A mí me haría daño a la vista.
-Pues a mí no, sabiendo lo que decía. ¿Qué misión tiene el lenguaje sino comunicar el pensamiento? Tú puedes decir a otro lo que piensas hablando o escribiendo; de ahí las clases de lenguaje: hablado y escrito. Si usas el lenguaje hablado de bien poco te sirve la ortografía; ¿por qué otra cosa distinta con el lenguaje escrito?
-No seas zamacuco, Zacarías, ¿cómo va a ser igual escribir bien que con faltas ortográficas?
-Hasta veo más importante ser correcto en el lenguaje hablado: se advierte enseguida la condición del que habla si utiliza tacos y palabras malsonantes. En  la escritura, con decir lo que quieres transmitir…
-¿Y la cultura, Zacarías?, ¿no cuenta la cultura para ti? Las lenguas son seres vivos: cada palabra tiene su origen, forman familias, evolucionan, ¿cómo va a ser lo mismo escribir “tuvo”, del verbo tener, que “tubo”, que es nombre?
-Pues no me convences, Raimundo; con que reciba el otro el mensaje que le mandas, es suficiente. ¿Tú conoces la historia del barquero, que zozobró su barca llevando a bordo a un pasajero? “¿Sabe usted nadar?”, le preguntó. “Sé griego, latín, matemáticas, historia…”. “¿Pero nadar?”. “Tengo tres títulos y diplomas…”. “Pero, ¿sabe usted nadar?”. “Nadar no”. “Entonces de poco le sirve lo que sabe. Con que hubiera sabido mover los brazos  para tenerse en el agua sin hundirse le hubiera bastado”. “Hay que ser prácticos en la vida, Raimundo. Con decir a otro lo que pensamos sin reparar en las bes, en las uves, en las haches, en las ges o en las jotas, era suficiente. ¿Acaso no me entiendes si digo que una “bíbora” me ha picado o que una “vóveda” se ha hundido?
-¿Hablas en serio, Zacarías? Estás tirando la cultura de siglos por la borda. Te importa poco saber que “estuve” se escribe con uve porque el infinitivo –estar- no tiene be ni uve; que las palabras que empiezan por er se escriben con hache, como hermoso, hernia o herpes, menos ermita y Ernesto; que los verbos acabados en ger y gir se escriben con ge menos tejer y crujir…
-Bla, bla, bla… Hay que simplificar en todo, Raimundo. En el siglo XXI, es hora de cambiar las reglas ancestrales.  ¿Tú crees que un niño debe aprender la Historia de siglos pasados que no le va a servir de nada en su vida? ¿Para qué les sirve conocer nombres de reyes y de batallas que tuvieron los persas, los asirios o macedonios antes de Jesucristo? ¿Qué digo antes de Jesucristo?, ni las de ayer, Raimundo. Una revisión total, que con saber el presente, tenemos bastante. ¿No ves que si nada se borra, no habrá cabeza humana que lo pueda almacenar?
-¡Ay, Zacarías, o eres un gandul de tomo y lomo o un genio fenomenal! No sé qué decirte, igual tienes más razón que un santo. Los jóvenes han empezado a soltar lastre con sus mensajes electrónicos. Para ellos “que” es “q” y “por” es “X”: puede ser el comienzo de otra Era en la que se suprime lo innecesario.


Francisco Tomás Ortuño, Murcia