Litesofía –entre literatura y filosofía-, 27 septiembre 2.013
Fragmento
-Esta mañana me levanté a las siete, me puse el aparato de los pies y encendí la tele. ¿Sabes a quién vi? Al profesor Vaughan con su método de inglés. Y pensé que era obsoleta su enseñanza.
-¿Por qué?
-El invento del traductor simultáneo se adelantó al de volar con el pensamiento. Ahora hay aparatos como el del masaje podal, o robots que friegan la casa, o sopladores que barren, que te traducen lo que digas a otro idioma.
-No, si a este paso todo va a ser posible.
-Hasta pienso que un día veremos en la pantalla del televisor a un ser que nos diga que es de otra galaxia.
-¿Tú crees que eso podrá ser?
-Como los gastos en aprender inglés o chino, no servirán de nada los viajes a la luna o a un planeta del sistema solar. Los extraterrestres de otra galaxia nos dirán luego cómo viajar sin cohetes.
-¿Y por qué ellos no han venido a la Tierra?
-Luego lo sabremos; que igual estuvieron cerca y no pudieron aterrizar. El Universo no tiene sentido si no se convierte en una sola morada. ¿Qué es la Tierra en el espacio? Un grano de arena en el desierto. Menos todavía. ¿Entonces? Estos siglos de espera estarán justificados. El gran asombro de los humanos está por venir. La maravilla de la Creación sigue su curso. Quizás las guerras y catástrofes que vivimos son necesarias en la formación del mundo que nos espera.
-Lo que hace falta es que nosotros lo veamos, como a Ángel que el invento de la velocidad sea inminente para estar con su familia en el Roalico.
-Tan pronto no creo que sea, que estas obras universales son multiseculares y no se producen como sacar un conejo de la chistera el mago de turno. Una catedral lleva su trabajo y su tiempo. Y si una catedral o una pirámide son así, ¿cómo será ordenar tantos mundos para que cumplan un fin? No te imaginas, Roberto, lo que Dios tendrá pensado para hacer.
Y don Benedicto, que permanecía atento, intervino:
-¿Quién sabe lo que nos aguarda? Confiemos en Él y no queramos enmendarle la plana ni adelantarnos a sus obras.
Francisco Tomás Ortuño