sábado, 5 de enero de 2013

Cuento "Los deberes"


LOS DEBERES

Mi Cuento “Los Deberes” lo dedico a mi hijo Pascual-Jesús TOMAS PASTOR

A Sergio lo que menos se le daban eran las matemáticas. Jamás llegó a saber lo que significaban las equis entre los números, ni números pequeños sobre otros más grandes. Bueno, para Sergio aquello era chino. Hasta le sabía a chirigota lo de “Equis es igual a menos b más menos raíz cuadrada de b al cuadrado menos cuatro a c partido por dos a”; o aquello otro: “Cuadrado del primero, más cuadrado del segundo, más triplo del cuadrado del primero por segundo, más triplo del primero por cuadrado del segundo”. Se reía de la ocurrencia como si se tratara de un chiste. Pero Sergio llevaba siempre los problemas resueltos y sus notas eran de notable para arriba. Es decir, que Sergio pasaba por alumno brillante sin apenas conocer las cuatro operaciones aritméticas.
Claro que el padre de Sergio era un esclavo de su hijo: todos los días se dedicaba a hacer problemas, traducciones de francés, mapas, análisis…, hasta altas horas de la madrugada. Sergio se acostaba tarde, cansado de acompañar a su padre, tras haberle explicado lo que tenía que hacer, y no sin antes recordarle: “Déjalo todo en mi cartera”.
Al día siguiente, vuelta a empezar. Salir del colegio y ponerse con los deberes todo era uno. El padre salía del trabajo y se encerraba con él a buscar palabras en el diccionario, a dictarle biografías, a resolver ejercicios de lenguaje, problemas de matemáticas, a traducir del libro de francés, a analizar oraciones compuestas…
Se excusaba antes con los amigos por no quedarse un ratito a charlar con ellos: “Hoy no me encuentro bien”, “tengo una visita”. Bien es cierto que no encontraba resistencia alguna por parte de los otros, que, al igual, mostraban gran preocupación y prisa por marcharse.
Sergio no jugaba, no dormía, no hablaba, no se divertía. No disponía de tiempo para nada. Sergio se puso pálido. La anemia lo devoraba: ojos hundidos, tez sin color, debilidad total. El médico le mandó unas inyecciones, reposo y una dieta rica en calcio y en vitaminas. Sergio no fue al colegio una temporada. Los compañeros le llevaban los deberes a su casa. No podía quedarse atrás. Cuando volvió al colegio se ganó otra buena nota y palabras de elogio por su buena aplicación.

Su amigo Pedro tenía más suerte: le pusieron para él solito un profesor particular. Este le resolvía los mil y un problemas que traía para hacer en casa. Venía muy temprano: a las mismas cinco. Por lo que Pedro no podía entretenerse. Salía del colegio y corría para no ganarse una regañina: “Hoy has tardado más que de costumbre; luego terminaremos a media noche”.
El padre de Sergio lo sabía y, en el fondo, envidiaba al padre de Pedro. Pero él no podía permitirse semejante lujo. Sin duda que el profesor particular era caro, pero “los que sacan buenas notas triunfan en la vida”, solía decir el padre de Pedro. Para él, que sacara buenas notas era fundamental, supiera más o supiera menos. “No quiero suficientes. Ya sabes, de notables para arriba. El expediente académico luego es lo que cuenta”.
Bueno, Pedro con el “profe” como le llamaba, no tenía problemas. Todos los días llevaba hechos sus trabajos y las notas eran brillantes. Con todo, no llegaba a ver claro a sus once años que una cantidad disminuyera si la multiplicaba por otra menor que la unidad. Y, vamos, los quebrados es que no sabía por dónde cogerlos.

La ola de “deberes” se extendió por la geografía hispana. Las clases particulares pasaron de ser un lujo de pocos a un artículo de primera necesidad. Aunque no se comiera, aunque se entrampara la familia, había que sacrificarse. Los “deberes” del colegio no admitían paños calientes.  “Puedas o no puedas, hazlo por tus hijos”, se decía en la calle. Las Academias proliferaron: “Clases de todo”, “Solución a tus estudios”, “Se dan matemáticas de primero”, “Clases de física”, “Francés”, “Estudiante de derecho da clases de latín”, “Para aliviar mi paro, doy clases de Primaria, Bachillerato, F.P., o lo que sea”, “Parvulario “El Gorrión”, de siete de la mañana a once de la noche”, “Guardaniños en festivos para que los padres se lo pasen bomba”, “Clases para disléxicos” –la dislexia, se puso de moda-. 

La voz de alarma tuvo que darla don Hilarión, el médico. No pudo permanecer callado más tiempo, aunque su consulta se resintiera. Su ética profesional le hizo exclamar: ¡¡¡Basta!!! cuando le llevaron a Irene, la hija de don Justo.
En la casa de don Justo las cosas no iban mejor: Antoñito le pedía sin la más mínima misericordia:
-Papá, ¿qué quiere decir Monsieur?
-¿Y “tu veux une table” –se oía por detrás.
-Déjame que termine con Aurelio –se defendía el padre.
-¿Cuándo vas a estar conmigo, papá? –decía otro.
-Coge turno, tú vas detrás de Luis.
Y es que don Justo tenía seis hijos, que lo atosigaban con deberes. El más pequeño le pedía que escribiera números del uno al mil, que hiciera quince sumas, quince restas llevando, copiar diez veces la tabla de multiplicar y escribir cinco hojas de copiado. Como era el más pequeño no llevaba mucho trabajo.
Don Justo, cuando había terminado con los otros cinco, suspiraba aliviado, porque pensaba que pronto iría a descansar. El mayor era el que más tiempo le llevaba; y es que el profesor no tenía compasión de él, porque, vamos, ¿cómo se le ocurría ponerle copiar el libro todos los días del prólogo al epílogo? Este hombre acababa con su paciencia y con las papelerías habidas y por haber. Y por si fuera poco, le mandaba resolver cien problemas de álgebra y que hiciera una redacción de lo que había hecho durante el día. ¿Sería una burla? “Pero, ¿qué quiere este hombre que hagas aparte de llenar hojas, de acostarte tarde y de levantarte a las seis de la mañana?”.
Miguel Angel no se resignaba a ir detrás de Irene. Ya eran muchos los días que escuchaba las risas de su hermana por ir ella primero.
-Papá, ¿a cómo venden los tomates en la esquina?
Don Justo no daba abasto. Las preguntas, como dardos, lo acribillaban por todas partes. Unas las contestaba, otras las dejaba para después.
-¿Para qué quieres saber el precio de los tomates?
-Mira este problema: “Pregunta el precio de los tomates y halla el valor de un camión que transporta tres toneladas y cinco quintales métricos de ese producto”.
-Pues deja ese problema, hijo, que la compra en la casa la hace tu madre –bromeaba de vez en cuando.
-Eso es que la “seño” quiere saber dónde venden más baratos los tomates, ja, ja, ja.
-Oye, tío, que mi seño no es ninguna muerta de hambre.

Cuando terminaban, rendidos, iban a dormir. Al día siguiente, temprano, se levantaban para empezar de nuevo. Cuando sonaban las nueve en el reloj de la iglesia, todo estaba preparado para volver al “cole” los pequeños y al trabajo el padre, con sueño y los nervios destrozados.
Un día Irene sucumbió, no pudo más. Era débil por naturaleza y no aguantó la paliza de las últimas jornadas. Se desplomó, vamos. Y es cuando la llevaron a don Hilarión el médico. ¡Cómo la encontraría que empezó a gritar: “¡No hay derecho, esto es inaudito, intolerable!”. Los presentes se asustaron. No comprendían al doctor, que seguía dando gritos de un lado para otro.
Y es que don Hilarión sabía que Luis, un niño de ocho años recién cumplidos, detestaba el colegio porque lo castigaban con escribir cien veces la lección, o sin recreo, si no llevaba los deberes hechos. Hablarle del colegio y ponerse a temblar era todo lo mismo. Era pánico.
Un día le dijo el niño en la visita: “¡Qué suerte tienen los pájaros, tan libres, sin cole y sin deberes!”. Y que Carlos, de doce años, no quería comer, devolvía cuanto le daban y tenía la mirada triste por lo mismo. Y que Julio, de siete... Conocía tantas historias de niños que iban a su consulta, que tuvo que estallar.
La situación era verdaderamente alarmante: las madres no podían salir con sus maridos, los maridos no podían hablar con los amigos, los hijos no podían jugar... Todo un caos que comprometía, sibilinamente, sin ruido apenas, las estructuras sociales y familiares más sólidas.
Don Hilarión luchó a brazo partido contra los deberes escolares, que, según él, atentaban contra la sociedad, contra la familia y contra la misma vida. Hizo una campaña abierta y valiente. Consiguió que le escucharan en el Ayuntamiento, en la Dirección Provincial y en el propio Ministerio.
Reunió a los padres, a profesores, a médicos y a niños. A cuantos competía el problema. Tras largas discusiones, opiniones, razones y deliberaciones, acordaron:
PRIMERO: Que los profesores debían de enseñar sólo en el colegio, con la consiguiente prohibición de deberes para casa.
SEGUNDO: Los niños debían de realizar trabajos escolares sólo en el colegio.
TERCERO: Los padres tenían derecho a descansar en casa tras su jornada de trabajo.
CUARTO: Los niños debían jugar.
QUINTO: Los niños necesitaban dormir.

Desde aquella fecha memorable, los padres fueron felices, los niños crecieron sanos, las familias se unieron y el mundo se apuntó un tanto en la guerra de los nervios.

                   FIN